Los tres mejores tenistas de la historia han coincidido en los últimos quince años: Federer, Nadal y Djokovic. Entre ellos se ha repartido 50 de los últimos 60 Grand Slam. Quizá el mejor futbolista de todos los tiempos —sin duda el más productivo— ha dominado la década en compañía estadística de un colega cuyo mayor mérito ha sido ejercer como leal oposición. Entre Messi y Cristiano han ganado los diez últimos Balones de Oro. LeBron discute el trono de Jordan con sólidos argumentos. El mejor golfista de la historia, Tiger Woods, tiene 42 años. El mejor jugador de la historia del fútbol americano, Tom Brady, ha cumplido 41. Ambos siguen en activo. Usain Bolt, retirado hace un año, ha sido muy probablemente el mejor atleta que ha pisado jamás una pista de atletismo. Y qué decir de Phelps o Rossi.

Cuando yo era pequeño mis ídolos eran Sánchez Vicario (Emilio), Santillana, Hinault, Corbalán y Ballesteros. También me gustaba Sebastian Coe por ser el enemigo elegante Ovett (luego aprendí que las apariencias engañan). Mis mayores me hablaban de Di Stéfano y Puskas como genios sin igual, y del otro lado del océano me llegaba el eco de un Pelé que yo solo conocía por Evasión o Victoria. Zatopek era otro mito fuera de mi alcance, como Coppi, Anquetil y Eddy Merckx. Frente a todos esos nombres yo daba un paso atrás y guardaba un silencio de misa. La autoridad de los más viejos se basaba, en cierta medida, en ese conocimiento ancestral.

Es posible que los jóvenes de hoy no sientan como un prodigio lo que hace Messi porque lo han visto durante toda su existencia consciente. Quizá crean que los campeones del tenis siempre fueron como Federer, Nadal o Djokovic. O que es normal lo de LeBron. Tal vez den por asumido que la naturaleza evoluciona y que pronto vendrá otro velocista que correrá por debajo de 9.58 u otro nadador capaz de acumular 28 medallas olímpicas. Yo lo dudo. Considero posible, y hasta muy probable, que a esta hornada de deportistas sublimes le suceda otra de deportistas simplemente notables. No es normal este aluvión de leyendas en activo o recién retiradas. Durante años, las más grandes estrellas se ubicaron ordenadamente en la historia de sus respectivos deportes. Ahora se atropellan al subir las escaleras. La evolución física es indudable, aunque Messi la desmienta. Pero hay más, tiene que haberlo.

De hecho, existe una primera coincidencia generacional. Los nacidos entre 1977 y 1987, de Tiger a Messi, son los millennials en origen, una franja poblacional que ha sido estudiada hasta la obsesión. El psicólogo Jean Twenge los bautizó como la Generation Me, por su carácter narcisista. En 2013, la revista Time fue más allá y tituló en su portada: “Millennials: The Me Me Me Generation”. Años antes, Ron Alsop había definido a los millennials como los “Trophy Kids”, un término que describe su inclinación por los deportes competitivos y por las actividades que implican la consecución de un premio. Cada uno aportó un ingrediente a la receta. La confianza, el ego y el carácter competitivo son componentes esenciales en cualquier campeón.

¿Por qué los veinteañeros de hoy no han desplazado del primer plano a los veteranos tal y como hicieron ellos una década atrás? Seguro que influyen las cosechas y la casualidad, pero también las generaciones. La Generación Z (nacidos en 1995 o más tarde) está determinada según los sociólogos por la crisis, tiene un pensamiento más conservador y una mayor aversión al riesgo. Además, se haya completamente condicionada por la tecnología y esa relación, positiva en muchos casos, también aleja a los jóvenes de la práctica deportiva. Se calcula que un 44% de la Generación X dedica tres horas al día al uso de dispositivos electrónicos, el doble que diez años atrás.

Aunque es difícil extraer conclusiones de una generalización tan masiva, el deporte ofrece un interesante muestreo. Como aficionados disfrutamos de la mejor época que hubo jamás, y en esa percepción, avalada por el dominio de los grandes campeones, tiene mucho ver con el consumo generalizado del deporte en televisión. Hoy se puede seguir casi cualquier competición en directo.

La conclusión es que debemos felicitarnos y, en términos deportivos, desconfiar del futuro. Disfrutemos del otoño, porque quizá no haya relevo para los genios del momento. Y ese invierno sí que se hará largo.

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