No sabemos si cuajará la Liga de las Naciones, competición que nadie entiende demasiado bien, pero ganar en Wembley es un título en sí mismo. Decir que ya se nota la mano de Luis Enrique resultaría muy aventurado. La Selección no cambió en exceso, ni por los jugadores y ni por el esquema, y la victoria fue la transformación más reseñable. Ganar engrasa mejor que el aceite.

Es cierto que se notó a los jugadores con un interés renovado y más punzantes en la presión; suele ocurrir cada vez que llega un jefe nuevo, especialmente si sonríe poco. Sin embargo, se detectaron algunos de los problemas defensivos que sufrimos en el Mundial. Hace falta muy poco para crearnos ocasiones. Los balones largos a la espalda de los centrales nos hacen un daño excesivo.

El gol inglés fue un somero recorrido por todas nuestras debilidades: la presión algo impostada, la cintura de avispa y el repliegue dramático. Rashford culminó el contragolpe y el mundo se nos puso cuesta arriba a los diez minutos. Por fortuna, el fútbol es una danza imprevisible y empatamos dos minutos después. También fue una declaración de intenciones, una exhibición de músculos. Carvajal penetró por la banda con un recurso en vías de extinción (el autopase en carrera) y Rodrigo prolongó el avance; cuando se cerraron las puertas, el delantero retrasó el balón y conectó con Saúl, que siempre llega como un teniente del Séptimo de Caballería.

Igualado el partido, España se hizo con el control del juego y minimizó la revolución inglesa, esa que tanto elogiamos durante el Mundial. A pesar de ser semifinalista en Rusia, Inglaterra todavía no sabe qué tipo de equipo es. Son rápidos y presumen, pero desconocen el camino y el destino. Delle Alli es un cerebro anárquico y no hay otra cabeza que piense, si exceptuamos la ayuda que presta Kane desde la delantera.

 

Rodrigo puso por delante a España con un movimiento ensayado. El delantero del Valencia se escondió entre los chopos ingleses y, llegado el momento, salió disparado al primer palo para aprovechar el envío de Thiago. En términos generales, Rodrigo no dejó de ofrecer soluciones a los futbolistas con el balón; otra cosa es que fuera observado o tenido en cuenta.

El siguiente protagonista fue De Gea, un portero que sufre el mismo síndrome que muchos buenos futbolistas ingleses: decae fuera de las Islas. Eso sí, en su casa, aunque sea de adopción, es un guardameta indiscutible. Sus mejores paradas fueron siempre a remates de Rashford en los que el delantero tenía ventaja o parecía tenerla. El siguiente reto de De Gea es seguir siendo extraordinario en Elche, rodeado de palmeras. 

España no volvió a sofocarse hasta los últimos minutos del partido, cuando Inglaterra se apasionó y creció varios palmos. El árbitro, muy amable, anuló un gol de Welbeck en el tiempo añadido y la Selección volvió a ganar en Wembley 37 años después. En aquella ocasión, la felicidad fue rotunda. Esa misma noche, Quini fue liberado de su secuestro. Esta vez, la alegría es moderada y la ilusión palpable. Tal vez para entrenar a España haya que parecerse a ella. 

 

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