Ganar una etapa y ser último en otra debería acompañarse de algún tipo de reconocimiento, por lo que tiene de exploración del cielo y del infierno. El francés Alexandre Geniez lo ha conseguido en la presente edición de la Vuelta: ganador en Estaca de Bares y último en los Lagos, a 38:32. Antes que él lo logro su compatriota Nacer Bouhanni, aunque su retirada anule sus méritos indiscutibles: vencedor en San Javier y último en Roquetas y La Covatilla.

La proeza total es ganar una gran vuelta después de haber sido último en alguna etapa, a ser posible con considerable pérdida de tiempo. Estuvo muy cerca de ocurrir en el Tour de 2006 y quien escribe fue testigo directo desde la cuneta del Upside Down. Lo he contado alguna vez y no me resisto a hacerlo de nuevo. En la 11ª etapa, con final en Pla de Beret, la última ascensión nos deparó el habitual reguero de ciclistas, animosos los primeros y rendidos los últimos. Lo habrá experimentado cualquier aficionado que haya visto una etapa directo. Según pasan los minutos, los corredores que trepan por la montaña están cada vez más desconectados de la carrera. Los hay que sufren y mucho, pero tampoco faltan los que bromean o silban a las muchachas.

Habían transcurrido más de 25 minutos del paso de los favoritos (Boogerd a la cabeza), cuando ante mi vista surgió un ciclista del Caisse d’Epargne que me costó identificar (cosa rara, ustedes disculpen). Parecía negro de tan moreno y fantasmal de tan delgado. Bebía una lata de Coca-Cola y marchaba a ritmo de cicloturista. Por fin supe quien era: Óscar Pereiro. Coronó a 26:26 y todo el mundo sabe ya el final de la historia: ganó el Tour. Dos días después, el gallego se escapó, recuperó media hora y el destino, tras alguna peripecia, lo proclamó campeón.

Geniez no ganará la Vuelta, pero no sería raro que se apuntara otra etapa. Ya ha ganado tres (2013, 16 y 18) y antes de hablar de su instinto asesino deberíamos referirnos a la querencia de determinados ciclistas por ciertas carreras y países. Desde esta perspectiva, es obvio que a los franceses les gusta España. David Moncutié, de los pocos ciclistas demostradamente limpios (lean Pedaleando en la oscuridad, de David Millar), ganó cuatro veces la montaña en la Vuelta, además de cuatro etapas (dos en el Tour). Décadas antes, Hinault y Fignon se habían presentado en nuestra carrera (entonces en abril) y sobre Caritoux no indagaré para no abrir viejas heridas.

Si lo pensamos bien, sería una casualidad cósmica que fuéramos del país donde hemos nacido. Lo normal, por carácter y afinidades, es pertenecer a otro país que probablemente no conoceremos nunca. Salvo que seamos ciclistas. O exploradores. O españoles por el mundo.

1 Comentario

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here