Nada más empezar lo supimos y lo celebramos: el partido se jugaba en serio, sin el exasperante relajamiento de los amistosos de pretemporada. Todo era verdad. Si lo que pretendía era conocer su momento y su talla, el Real Madrid había elegido perfectamente al adversario, el Milán de Gattuso, un entrenador al que tal vez tengamos que tener en cuenta. Casi nadie le tomó en serio cuando fue nombrado, condicionados por la tosquedad que le define desde sus tiempos de jugador. Pero en los vestuarios hacen falta fontaneros para que funcione el jacuzzi. Y también en los banquillos.

A los dos minutos marcó Benzema porque Bale se inventó algo. Su porcentaje de ocurrencias es más elevado que su participación en el juego, y habrá que pensar un rato para saber si esto es un elogio o un reproche. El caso es que Carvajal descubrió un camino gracias a Bale y Benzema cabeceó como si fuera un nueve.

No dio tiempo a imaginar una goleada: el Milán empató al minuto. Lo hizo con un chutazo de Higuaín que nadie esperaba porque no lo anunció con el gesto, ni la jugada parecía propicia, ni el balón infló las redes. Fue un latigazo que se clavó es una esquina, raso, potente y venenoso, como soplado con una cerbatana.

Antes de proseguir, debo señalar que Keylor Navas fue el portero titular del Madrid, y creo que cualquier otra cosa hubiera sido poco elegante. De hecho, la alineación fue rigurosamente titular (a excepción de Keylor, me temo), sin una sola cara nueva, lo que confirma que todavía falta gente por llegar.

Con el juego empatado, el Real Madrid planteó un fútbol de elaboración que es dominante o pretende serlo, pero que corre el peligro de ser monótono si el balón no alcanza a Bale o a alguien con musas revoloteando. El Milán, en cambio, se manejaba con la máxima pulcritud táctica, y no solo en defensa; en ataque, el equipo se desplegaba con agilidad y rapidez, similar en el estilo y en lo coral a la Francia campeona del mundo.

En esos movimientos ofensivos destacaron el gaditano Suso e Higuaín, porque el argentino es un buen futbolista, y conviene hacerlo constar, aunque esté perseguido por un prejuicio que ya es universal: que está gordo y no mete goles. Ni pesa tanto ni falla tanto, aunque es obvio que los motes de sus compatriotas (“cementerio de canelones” y otras lindezas) y las camisetas slim fit no le han hecho ningún bien.

El caso es que el Real Madrid se encontró con un adversario que no tenía la menor intención de perder. Y en esa pelea advirtió lo que tiene y lo que le falta. Cuenta con una base sólida, con una mayoría de jugadores que se conocen de memoria, lo que supone un magnífico punto de partida. Pero necesita improvisación.

Bale puso al Madrid por delante cuando menos se esperaba: cumplido el minuto 45, marcó con la derecha, lo que sugiere la proximidad del disparo. Varane se equivocó el remate y el balón se apareció al galés como los soñamos todos, haciéndole guiños.

El milagro de la segunda parte es que el ritmo no decayó, ni el interés, ni la intensidad. Los cambios en tropel suelen arruinarlo todo, pero esta vez venció el afán competitivo de unos y otros, había 20 Copas de Europa sobre el campo.

A falta de un cuarto de hora para el final, el público ovacionó la entrada de Modric y aplaudió casi con el mismo entusiasmo la salida de Keylor Navas, la gente lo quiere todo. Vinicius dejó destellos y Mayoral marcó el tanto que redondeó la noche. La jugada fue espléndida. Lucas lanzó a Modric y Donnarumma repelió su remate; entonces surgió el canterano, un chico con unas ganas de sobrevivir conmovedoras.

Tiene valor la victoria, porque el partido no fue broma y porque en el horizonte asoma el enemigo menos bromista de cuantos existen en el mundo, el Atlético. El miércoles sabremos más de lo que ahora intuimos. Falta algo, aunque tal vez venga de camino.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here