Dicen que Mike Tomlin, el entrenador de los Pittsburgh Steelers, es una de esas personas, honestas y francas, a las que les gusta más trabajar que venderse y esa aciaga noche de un lunes de diciembre en Cincinnati volvió a demostrarlo con sus palabras en rueda de prensa: “No se equivoquen, este es un juego duro, un negocio duro… Nos preocupamos por ese hombre. Nos preocupamos por todos los hombres. Pero esto no es más que un duro elemento de nuestro juego, uno que todos nosotros entendemos”, dijo ante los periodistas. El hombre al que se refería no era un jugador cualquiera, sino uno de sus pupilos predilectos, algo así como la persona que mejor sabe transmitir su liderazgo en defensa dentro del terreno de juego: Ryan Shazier, el linebacker que apenas unas horas antes había tenido que abandonar el partido en camilla sin poder mover las piernas tras haber sufrido una lesión en la médula espinal después de un placaje mal ejecutado con la cabeza en el primer cuarto.

Un Shazier al que Tomlin, de hecho, quiere como si fuera su propio hijo, pero eso, en su forma de entender la vida, no cambia nada: mientras todos nosotros presenciábamos acongojados la agónica imagen de un jugador tumbado en la hierba y sin poder moverse cuando los médicos le atendían, Tomlin estaba arengando al resto de sus compañeros. Pese a la desgracia recién vivida, a pesar de que su hijo podía no volver a caminar jamás, todavía quedaba por delante el grueso de un partido que sus jugadores tenían que ganar (y que ganaron). Tenían que hacer, sencillamente, su trabajo.

Pero lo más curioso de la anterior situación es que lo más seguro es que Ryan Shazier habría hecho lo mismo que su entrenador, que su padre Mike Tomlin, si hubiera podido levantarse en ese momento tan desolador. No lo duden: Shazier también habría arengado a sus compañeros para que consiguieran la victoria, para que, tras el infortunio, cumplieran con su trabajo.

Me temo que para poder entender esa convicción, la de Tomlin y sobre todo la de Shazier, tendremos que, como tantas otras veces, regresar a nuestra infancia.

Nacido el 6 de septiembre de 1992 en Lauderdale Lakes (Florida), número 15 del draft del 2014 tras su brillante paso por Ohio State, la personalidad de Ryan Shazier está marcada por el bullying continuado que sufrió de niño. El motivo: la alopecia que padece desde los 5 años y que impide que el cabello crezca en su cuerpo. Bola de billar, Niño cáncer o Profesor X fueron algunos de los apodos que le pusieron sus compañeros en la escuela. El propio Shazier contó su lucha en “Bruh”, un emotivo artículo aparecido en mayo del año pasado en la página web The Players’ Tribune. “Cuando tenía cinco años, mi cabello comenzó a caerse. Y no sólo en mi cabeza. Era joven, así que lo único que recuerdo es que mi almohada tenía un montón de pestañas todas las mañanas. Mi madre pasaba la mano por mi pelo afro y salía con un puñado de rizos”, relató. Y prosiguió: “El médico explicó a mi madre que mi sistema inmunitario estaba atacando mis folículos pilosos, obligando a que todo el pelo de mi cuerpo se cayera. Es muy fácil para un médico explicarle eso a un adulto, pero no es tan fácil para un niño de cinco años explicárselo a los otros niños en la escuela. Me preguntaban si me estaba muriendo o si tenía cáncer. No importa cuántas veces les dije que sólo tenía una cosa que hacía que se me cayera el pelo, todavía así seguían molestándome”. “Eso fue difícil para mí, al principio. Apenas entendía lo que estaba sucediendo en mi cuerpo y los niños me trataban como si tuviera algún tipo de plaga. A veces me enfadaba y quería decirles algo a cambio. Otras veces sólo quería llorar”, reconoció.

Con el paso de los años, Shazier probó diferentes tratamientos para evitar la caída completa de su cabello (desde “una crema de esteroides” que se frotaba “en la cabeza y en las cejas” hasta, ya en el instituto, “inyecciones de cortisona”, un total de 30 en el cráneo cada dos semanas), pero únicamente encontró una forma de superar el problema y de recuperar la autoestima. En efecto, la solución más habitual: aceptarlo (y aceptarse). “Lo que me permitió superarlo fue lo bien que lo manejaron mis padres. No llamaron a los padres de los otros niños para que les detuvieran, ni le gritaron a mi maestra por no protegerme lo suficiente. Eso hubiera empeorado las cosas, al menos en el lugar en el que yo vivía. No me permitieron usar un sombrero o una peluca. La alopecia no iba a desaparecer. No podía ocultarme, así que tuve que aprender a vivir con eso”, explicó en The Players Tribune. Y añadió: “¿Y saben lo que hacía cada vez que me lanzaban un nuevo insulto? Yo simplemente me reía”. “Así es la manera con la que ganas a un matón. Así es la manera con la que realmente los enfadas. Reír. Sonreír. No importa lo que ellos piensen”, sentenció.

La sonrisa incesante de Shazier en su cara que le convirtió en un líder querido por todo el mundo, familiares, amigos y compañeros, hasta que llegó aquella gélida noche del 4 de diciembre del 2017. La noche de la decimotercera jornada de la liga regular. La noche de un golpe desafortunado y la pérdida de sensibilidad en las piernas. La noche del temor a quedarse parapléjico. Después llegaría la operación para estabilizar la espina dorsal. El homenaje continuo de sus aficionados con el lema #Shalieve en el Heinz Field y el mensaje en vídeo a sus compañeros tras la victoria ante los Baltimore Ravens, su máximo rival. Los largos meses de recuperación en el hospital. La esperanzadora confirmación, por parte de su padre Vernon, de que había recuperado la sensibilidad en las piernas. Su visita, en silla de ruedas, a un entrenamiento de los Steelers en la semana de su enfrentamiento de ronda divisional ante los Jaguars. La confirmación, por parte de Kevin Colbert, GM de la franquicia de Pittsburgh, de que Shazier no jugará esta temporada. Su presencia, andando ya sin muletas junto a su mujer Michelle (aunque, en realidad, todavía sigue usando un bastón para apoyarse), para anunciar la elección de su equipo en el draft celebrado en el pasado mes de abril.

Y, muy especialmente, su convencimiento inquebrantable de que volverá a jugar algún día en la NFL.

“Mi sueño es regresar y jugar al football de nuevo”, aseveró el pasado mes de junio, en su primera rueda de prensa tras la lesión. Y continuó: “He estado trabajando duro cada día, así que tengo eso en mi mente cada vez que voy a rehabilitación. Sólo trato de ser positivo todos los días, así que estoy tratando de hacer todo lo que tengo que hacer para poder volver”. Un duro trabajo para regresar en el que no le faltará el apoyo de Tomlin: “Es un líder nato. No sólo es un tipo de una enorme fortaleza mental, sino también espiritual, y sé que eso es un gran activo para él y para su familia”, le definió cuando fue a visitarle al hospital.

Quizá, entonces, dentro de un tiempo, el que sea, Shazier pueda volver a derrotar a su destino con una sonrisa en la boca.

 

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