Aragón siempre fue tierra noble y la nobleza obliga a elevar a la Sociedad Deportiva Huesca, novata y apenas considerada, sobre todos sus no tan iguales en esta primera jornada de la Liga Santander. Hubo algún otro impacto que generó temblores imprevistos, pero ninguno como el de este recién ascendido, sin historia en la máxima categoría, que consiguió alzar un discurso para el optimismo responsable. Lo hizo, además, en uno de los lugares más insospechados.

Ipurúa carece de la máxima exigencia y de la leyenda de los terrenos de juego icónicos de nuestro fútbol, pero al Huesca le suponía un reto absoluto: enfrentarse a su espejo. Y el espejo no suele regalarte ni una, como bien se sabe. El Éibar y su impecable andadura en Primera siempre van a ser la mejor inspiración a la que pueda recurrir en esta aventura. Por todo. Enumerar cada mérito del ya establecido y la correspondiente aspiración del recién llegado amenazaría con empantanar esta columna. Nos detendremos apenas en una, acaso la menos observada hasta ahora. El espejo se alarga hasta el terreno de juego: sus propuestas son un calco. En época donde no jugar con tres centrales o con línea de tres en el medio es una rareza, Mendilibar y Leo Franco apuestan por un 4-4-2 tan enraizado en la cultura de este deporte que da nombre a una de las revistas especializadas en fútbol más recomendables del Reino Unido. El abrazo previo al duelo entre ambos entrenadores, prolongado y sentido, pareció lo que fue y, a partir de ahí, nada terminó siendo lo que podía parecer.

El Huesca, incendiado por un Álex Gallar que es mucho más que un coleccionista de goles históricos, sometió a base de audacia y conceptos a un Eibar que supo levantarse de la lona tras el descanso pero ya no le dio para regresar del absentismo laboral de sus centrales y mediocentros.

Escasa justicia le haríamos al Levante si no lo invitáramos a subir a este podio de notables. Los chicos de Paco López ensayaron un punto y seguido desde su última presentación en mayo, quizá se trató de uno de los equipos que en mejor condición terminó la temporada pasada, e hizo lo que en el Villamarín ya se conoce como un Halloween. Razón. Lopera y Benjamín. Ellos saben. Aquí la principal razón fue Morales, futbolista descomunal, a quien sólo la dictadura de la estética extrema en la que hemos aceptado vivir, parece apagarle varios de los focos que ya viene mereciendo hace kilómetros de cabalgadas y buenas decisiones. Necesitamos referentes menos guapos. Que sean como somos la mayoría. Sólo así pasaremos de la paralizante admiración a la impulsora inspiración. Sólo así nos miraremos a los ojos frente al espejo y hasta nos animaremos a darnos un beso. Como ayer hizo toda Huesca.

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