Para muchos equipos que se enfrentan al Real Madrid el problema no es jugar bien, sino hacerlo durante el tiempo suficiente. No basta con media hora primorosa. A la vuelta de esa esquina, el enemigo está en el mismo lugar que lo dejaste, intacto e impertérrito. Porque a los grandes equipos, a diferencia de lo que sucede con el resto, no les cansa jugar bien, no jadean después de lucirse. Son así y caminan de esa forma. El talento es un tipo de belleza que no necesita de horas delante del espejo. Para los demás, sin embargo, el buen fútbol, como la belleza, resulta un esfuerzo agotador y tan poco natural como los corpiños, las pestañas postizas o los tacones cubanos. Lo fue para el Girona y así cabe explicar su bajón repentino, momento que aprovechó el Real Madrid para igualar el marcador y sacar ventaja anímica.

Fue extraño el inicio, incluso antes de comenzar el encuentro. Keylor fue titular y ya no es posible adivinar cuándo y con qué justificación Courtois sustituirá al costarricense; y no expreso una crítica, solo una intriga. También fue suplente Modric, por tercer partido consecutivo. Hay algo dentro de ese armario y no tiene por qué ser un fantasma, aunque los fantasmas adoran los roperos.

Cuando el balón empezó a rodar comprobamos que el Girona lo hacía todo mejor que el Real Madrid: le superaba en la presión, la circulación y el interés. Sus virtudes llegaron al clímax con el gol de Borja García. Después de una incursión del hondureño Lozano, el centrocampista madrileño se encontró con un balón suelto dentro del área y en lugar de chutar, recortó; y como la insensatez no le debió parecer suficiente, en vez de asegurar luego el disparo, colocó el balón por la escuadra. Hay gente que nace con un diez en la espalda antes de ponerse la primera camiseta. Y solo un puñado son constantes en la genialidad.

Con el Madrid colapsado, la reacción tuvo su origen en Marcelo. No está claro si abandonó el lateral para poner orden o para generar justo lo contrario, desorden. Un equipo como el Real Madrid se adormece con las posiciones rígidas y se crece cuando las mil piezas del puzle están revueltas. A partir de aquí, no se puede negar la generosa colaboración del Girona. Muniesa hizo un penalti grosero a Asensio que propició el gol de penalti de Sergio Ramos. Y no menos suicida fue el penalti de Pere Pons, también sobre Asensio, que significó el segundo gol madridista (Benzema).

El Real Madrid se vio con tantos regalos que organizó una fiesta. Una carrera de Bale en modo centauro concluyó en el tercer gol y una combinación del galés con Benzema subió el cuarto al marcador. La primera parte del Girona quedó oculta bajo un montón de papeles, también el mal inicio del Madrid. Lo que quedará será el marcador final y unas jugadas que encajarán perfectamente en los resúmenes televisivos. Demasiada felicidad como para ir abriendo armarios.

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