Quienes hemos cumplido una cierta edad, con tendencia a ser provecta, nos encontramos en un mundo en constante transformación que nos obliga a definirnos: queremos ir al paso de los tiempos, lo que significa correr mucho, o nos detenemos en mitad del camino al abrigo de nuestra nostalgia. La tecnología nos ofrece el ejemplo más obvio. Hay quienes hacen el esfuerzo de actualizarse, intento penoso en algunos casos, y no faltan los que levantan su Nokia prehistórico como señal de resistencia ante la modernidad.

En el deporte ocurre lo mismo. La resistencia al VAR, ya vencida (o casi), es una demostración de lo difícil que nos resulta cambiar de posición, aunque la nueva resulte más cómoda. Y juraría que con el fútbol femenino sucede algo similar. Su crecimiento es reconocido y aplaudido, aunque siempre desde una distancia prudencial, más atentos a lo políticamente correcto que al juego y a las jugadoras. Digamos que falta integración y sobra pose.

Si el fútbol femenino español no disfruta del rango que merece es, básicamente, por nuestra innata y patética resistencia al cambio. Habrá machistas que lo ninguneen por principios y no faltarán los fundamentalistas que consideren que irrumpe en el sagrado terreno del fútbol masculino. Sin embargo, tengo para mí que ellos no son la mayoría. Creo que hay muchos aficionados que no están paralizados por los prejuicios, sino por la novedad. Desde su perspectiva, el fútbol femenino se aparece como una aplicación nueva, otra más, que exige habilidades especiales.

A ese sector es al que quiero tranquilizar. Enfunden sus nokias y acérquense sin miedo porque hablamos de fútbol, el viejo juego. No se requieren capacidades singulares para disfrutarlo. Es suficiente con lo que ya saben. Apreciarán que la táctica y la técnica tienen más valor que el físico y hasta puede que se sientan reconfortados. Yo lo estoy y acabamos de perder la final del Mundial de Sub-20 contra Japón. Sin merecerlo, sin otra explicación que la mil veces repetida: así es el fútbol. Sin género de dudas. 

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