Yo hubiera querido ser zurdo, supongo que como cualquier diestro aburrido de serlo, por diferenciarme de los demás y para compartir esa distinción tan sugerente de los zurdos, a los que asociamos siempre a alguna genialidad vista o por ver. El mejor ejemplo de nuestra admiración irrefrenable es que no hay diestro que se resista a la tentación de hacer notar a un zurdo que lo es (¡ah, pero si eres zurdo!), exclamación que no dedicamos a otras personas agraciadas con la casualidad de tener miopía o una voz profunda.

Si eres aficionado al deporte, y pienso concretamente en el fútbol y en el tenis —en el ciclismo el fenómeno pasa dramáticamente inadvertido—, la admiración roza la devoción. Zurdos son Maradona y Messi, y tan zurdo como ellos fue Puskas, por citar divinas piernas izquierdas que se merecieron un diez. En ellos y en sus descendientes no solo existe una coincidencia anatómica, también filosófica. Zurdos de ayer como Futre, Fran, Manu Sarabia o Gordillo… y zurdos de hoy como Özil, Douglas Costa, Bale o Griezmann comparten un estilo que es casi una ideología. No existe un zurdo que se limite a cumplir con su trabajo, asegurar los pases y no meterse en líos, ahora pienso en Guti.

De los 17 primeros torneos de Wimbledon que se disputaron en la Era Open (a partir de 1968), siete los ganaron tenistas zurdos (Laver, Connors y McEnroe), lo que supone un 41%. El dato adquiere mayor relevancia si pensamos que el porcentaje de zurdos en el mundo es del 10%. Admito que el muestreo tenístico está sesgado y no resulta científico, pero la sensación general es que los zurdos aportan un índice superior de habilidad en las competencias deportivas. Últimamente, y con raquetas de por medio, Rafa Nadal es quien defiende en solitario el viejo porcentaje (único jugador zurdo entre los 27 primeros del ránking, hasta el francés Mannarino).

Sin embargo, antes de que el deporte reivindicara a los zurdos (o viceversa), la zurdera era una cuestión poco menos que maldita. La palabra zurdo procede del celta “tsucca”, de cuya raíz derivan “zocato” y “zoquete”, términos empleados para definir a los torpes entre los torpes. No es casual que el 13 de agosto sea el Día de los Zurdos. Se eligió el 13 para limpiarlo de la superstición que acompaña al dígito y a quienes se manejan con la mano izquierda. Así lo decidió en 1976 el doctor Dean R. Campbell (Topeka, Kansas), editor del Lefthander Magazine. Al tiempo que demostró que el porcentaje de zurdos entre los artistas, los ingenieros, los médicos y los políticos estaba por encima de la media (cinco de los últimos siete presidentes de EEUU), quiso poner de manifiesto las dificultades que afrontan los zurdos en un mundo diseñado por los diestros.

No es cierto que los zurdos mueran antes atacados por una tecnología adversa (así lo afirmaron algunos estudios publicados en los 90 por Nature), pero sí lo es que en el Siglo XIX, con la Revolución Industrial, se encontraron con dificultades nuevas. En las fábricas, las máquinas estaban pensadas para diestros y en las escuelas, como corrección mecánica o espiritual, se les obligó a escribir con la mano derecha, con la que eran naturalmente torpes.

La genialidad de los zurdos tiene una explicación científica. Ellos tienen como hemisferio cerebral dominante el derecho, que regula la creatividad, la percepción y las emociones, mientras que el hemisferio izquierdo está relacionado con el lenguaje, la escritura, la lógica y las matemáticas. En resumen, ellos son artistas y nosotros contables.

Referido al deporte, la principal ventaja de los zurdos es enfrentarse a un mundo que es mayoritariamente diestro y está habituado a competir contra diestros. Se dice que usar la mano izquierda obliga al cerebro a pensar más rápido y damos por hecho que la velocidad es todavía mayor si lo que se usa es el pie.

Pero no todos los zurdos gozan de una coordinación física extraordinaria, cualquiera que conozca a alguno podrá confirmarlo. No hay nada más sublime que algunas piernas zurdas y nada más obtuso que ciertas piernas izquierdas. A partir de esta premisa, el arriba firmante esbozó una teoría con más ambiciones lúdicas que científicas según la cual el alto porcentaje de porteros zurdos tendría como origen a niños que no tuvieron la habilidad de ejercitarse en otras demarcaciones y terminaron bajo palos. Me permito recordar que el puesto de portero era especialmente ingrato en los campos de fútbol de tierra de mi infancia y que los chavales terminaban las más de las veces con las rodillas desolladas, en una inigualable demostración de amor al balompié y en un desesperado intento por no quedar fuera del equipo.

En las redes sociales recibí oportuna contestación. Una amplia congregación de zurdos se sintió ofendida y un número indeterminado de porteros entendió yo insultaba su vocación. Hoy, según expira el Día de los Zurdos, aprovecho para disculparme. No quise herir su sensibilidad, muy al contrario; yo solo quiero ser zurdo.

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