Aquí está toda la Supercopa. En la imagen. En lo que representa y en lo que describe. Diego Costa contra dos rivales, y tal vez le parezcan pocos. Es obvio que le estimula que vayan de blanco. Y damos por hecho que disfruta de su rabia, de la embestida de Carvajal y de la confusión de Lucas. Mientras sus adversarios sufren y se acaloran, Costa se divierte. Se dice que los perros detectan el miedo, y lo atacan, y existen personas que se sienten atraídas por las disputas, ya sean físicas o dialécticas (Piqué, Arbeloa). El impulso debe formar parte de la condición humana porque los niños, esos salvajes, gozan en sus juegos de esa tortura chinchona que en mis tiempos llamábamos «hacer rabiar». El más grande de esos niños se llama Diego y viste a rayas.

La fotografía fue tomada en el tiempo añadido a la primera parte de la prórroga. El Atlético ya ganaba por 4-2 y hay que suponer que el delantero se refugió en el córner para perder tiempo; la realización no lo mostró, todavía ofrecía repeticiones del gol de Koke, participado decisivamente por Diego Costa, como el primero, el segundo y el tercero.

No se sabe quién fue el primer futbolista que acudió a un banderín para proteger el balón con su cuerpo y dejar correr el tiempo, pero el Lobo Carrasco hizo de aquello un arte. En la final de la Recopa de 1982, contra el Standard de Lieja, el Lobito se plantó en la esquina y sacó petróleo. Se calcula que perdió dos minutos y 43 segundos, además de provocar la expulsión de un adversario. A cambio de asegurar la victoria, Carrasco fue pateado y zarandeado.

 

Diego Costa no se entretuvo tanto. Conducido el balón al córner y tras el forcejeo que se observa, le dio un taconazo a la pelota y forzó el saque de esquina. Ni qué decir tiene que los madridistas salieron despeinados y furiosos. Costa tendió la mano a Carvajal para ayudarle a levantarse y el defensa rechazó el ofrecimiento; a Lucas le palmeó el trasero sin que podamos medir su nivel de desconcierto.

El mismo aturdimiento sufrió Sergio Ramos durante todo el partido. Al enemigo hay que despersonalizarlo o si no se hace imposible odiarlo a rienda suelta, combatir con él sin importar la sangre. Si te acercas demasiado, estás perdido. Y después de tantos días con la Selección, Sergio se ha hecho amigo de Diego, o simpatizante. De otra manera no se explica el buen tono con que se tomó el pisotón que le dio Costa en el cuello. En lugar de expeler maldiciones sinfín, de su boca acabaron por salir palabras conciliadoras, «vamos, vale, venga».

El cambio a reseñar es que nada cambia. Diego Costa bombardeaba a la defensa del Real Madrid desde el odio que provocaba y ahora lo hace desde posiciones cercanas al amor. Seguro que es un buen tipo, no lo pongo en duda. Un niño grande que primero te quita la piruleta, luego la paciencia y, por fin, la Copa. 

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