Fue una noche especial y soñada. Juan Román Riquelme dejó perplejo a todo el Barcelona con su pie derecho en Alicante. Una victoria contundente 3 a 2. Un gol de Martín Palermo, uno de César La Paglia y otro de Antonio Barijho. El triunfo fue brillante para el equipo de Carlos Bianchi. Tan brillante, como las cadenas de oro que tenía el defensor central Winston Bogarde. Tenía, en pasado, porque alguien se las llevó.

En un programa de televisión de la medianoche argentina, el ex delantero Antonio Barijho contaba lo que para él era una traviesa anécdota. Al principio, con algo de desconfianza, arrancó despacio y no quiso soltar de golpe su secreto mejor guardado. Analizó el ambiente, se tomó su tiempo, hasta que se animó y, después de la insistencia de los periodistas, lo soltó sin miramientos: «Le brillaba todo el cuello». 

«Tenía como treinta cadenas de oro. De repenten tiran el centro, forcejeamos y le manoteo el cuello», cierra Barijho. El partido lo disputaban (como harán de nuevo en el Gamper) el Barcelona y Boca. Se jugó el 11 de agosto de 1999 y el equipo argentino todavía no había conseguido nada de lo que después lograría. Era otro Boca. Las Copas Libertadores y el histórico triunfo ante el Real Madrid vinieron más tarde, en la época dorada. Ese día todavía era un equipo en formación y el jugador que fue a marcar al Chipi fue Bogarde, el de las cadenitas.

Antes de llegar a ese encuentro, Antonio Barijho tuvo una vida sin lujos. Nació, se crió y vivió en la Villa 21, uno de los barrios más pobres de Capital Federal, en Buenos Aires. Entre pasillos angostos y casillas de madera, Chipi —su apodo— jugaba a la pelota. Primero en baby y luego, en cancha de once. Durante años fue a entrenar a Huracán con solo un sanguche de salame y queso en su estómago al mediodía y un té a la noche.

Así llegó a debutar y, con su primer sueldo, se compró una cama. Nunca había tenido una. «Estaba acostumbrado a dormir en el piso. Pero la necesitaba para descansar bien. Tenía que ser un poco profesional», revela en una entrevista con Líbero en 2017. Después de comprarse un colchón y de dormir un poco mejor, el delantero llegó a Boca. Fue parte del plantel que ganó dos Copas Libertadores y dos Copas Intercontinentales, al Real Madrid en 2000 y al Milan en 2003. En el medio de esos títulos tuvo un paso por el Grasshoppers de Zúrich, en Suiza. Un par de años más tarde, pasó de dormir en el piso a jugar en la ciudad más cara del mundo. Luego tuvo su pequeñas aventuras en Rusia, en Independiente y en otros equipos menores.

Un buen día, volvió a su primer amor: la villa. Durante un año dirigió un club de baby fútbol (fútbol cinco para chicos). Dio clases para niños de 6 a 13 años en su barrio y no ganaba un peso por hacerlo. Ayudaba con la comida, con los partidos, con los entrenamientos y les daba una mano. Lo hizo en el club Peñarol Argentino, una institución de barrio cuyo lema es «más que un club». Una maravillosa casualidad, cada cual con sus valores.

A veces Barijho todavía sale con la cadenita de Bogarde y sigue recordando lo que sucedió aquel día. «Fue una linda anécdota. Saltamos a cabecear, se la saqué y se la di al profe Santella. Un fenómeno», comenta entre risas cada vez que alguien le pide que narre su hazaña. «Es un trofeo de guerra».

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