Cuando un ciclista se cae y no se levanta al segundo para reintegrarse en el grupo antes de mirarse las heridas es que algo pasa. Costó identificar a Mikel Landa y Egan Bernal en el suelo, caídos por las calles de San Sebastián, antes de que la carrera se decidiera en Murgil, pero una vez vistos por nosotros y por los directores de carrera cambió todo; el cuerpo de los corredores se erizó y todos sintieron el miedo y el pavor que provocan estas situaciones. Más allá del desenlace, con la enorme exhibición de Alaphilippe (una más), la carrera se ha convertido en un verdadero drama para Mikel Landa y el ciclismo español. A falta de pruebas y evaluaciones, su participación en La Vuelta y en el Mundial nos encoge el corazón.

A doce kilómetros del final, más que la situación de la carrera, preocupaban las imágenes del vasco y de Bernal, que seguían tirados en el suelo sin apenas moverse. Fueron imágenes duras de asimilar, teniendo en cuenta que se trata de dos de los mejores corredores del año y de la temporada. Eso dejó la situación en cuarentena durante unos minutos, solamente rotos por la inminente presencia de la subida a Murgil, la última y decisiva en la Klasikoa, en cuya bajada ya se puede saborear el aroma de la Playa de la Concha.


Alaphilippe, con una pierna


De la carrera en sí, extraemos la conclusión de que Julian Alaphilippe vive en Disneyland. Debe tener una casita al lado de Mickey Mouse o el Pato Donald. De vez en cuando sale del parque, se echa unas fotos con unos niños y gana carreras. Además, lo hace siempre con una sonrisa, de forma extrovertida, haciendo amigos por el camino y sin dar la sensación de enfadarse con nadie. En San Sebastián ofreció un recital, controló las distancias, esperó su momento e incluso implicó a Mollema para que le relevase, como si no supiera el castigo que le iba a imponer en la recta de meta.

Sin Bernal y sin Landa, el resto de máximos favoritos sucumbieron. Roglic no fue el del Tour ni lo pareció. De Dan Martin no hubo noticia alguna y Greg Van Avermaet puso más corazón que piernas. Todos ellos se rindieron a la evidencia del talento de Alaphilippe, que parece diseñar las carreras en su mente y luego las ejecuta tal que así. Está tocado por una varita mágica. Igual pasa los grandes puertos del Tour de Francia, que ajusticia a Valverde el Muro de Huy, que toma el sol en La Concha. Lo puede todo ahora mismo.

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