Un fichaje de verano es la promesa de un mundo mejor. Y tal vez me quede corto. No hay sensación como la que produce una cara nueva, no entro en la habilidad de sus extremidades inferiores. De repente, todo encaja. Sucede en el fútbol y en cualquier actividad deportiva, incluyo el amor. El mes con más divorcios es septiembre y lo es por la salvaje irrupción de caras nuevas y bronceadas, tampoco indago aquí en el poder (indudable) de las extremidades inferiores. Por no diversificar, me centraré en el balompié.

La infancia, como tantas veces, está en el origen de todas las cosas. Ya se sabe que la vida adulta es un ajuste de cuentas con la niñez, no hay más que observar la sistemática venganza de los marginados del recreo. De manera que el primer director deportivo de cualquier presidente es Sigmund Freud y así debería figurar en el organigrama. No se ficha al jugador que gusta, sino al que gustó de niño. No se contrata a un entrenador por lo que promete, sino por lo que evoca.

Desde el punto de vista del aficionado ocurre algo similar. Cualquier contratación nos devuelve a la infancia y aquellos veranos eternos, por eso cualquier fichaje nos parece barato. Basta con una cara nueva (con la excepción universal del Pato Sosa); en cuanto el tipo se pone la camiseta y le da cuatro toques al balón (no llegó a tanto el Pato Sosa) ya nos lo imaginamos marcando los goles que no consiguió nunca.

El traspaso de Cristiano a la Juventus hará que el verano sea pródigo en fichajes y nostalgias. Dudo que Florentino Pérez se conforme con Courtois, Hazard, James o Icardi, los nombres que suenan, además de los ya incorporados Odriozola y Vinicius. Y doy por seguro que el efecto dominó afectará a otros muchos clubes y jugadores con el beneplácito de los únicos adultos con acceso al tablero: los agentes.  

Personalmente, soy manifiestamente escéptico. La razón es que yo asistí al triple fichaje de Gordillo, Maceda y Hugo Sánchez por el Real Madrid. Después de ver esa foto no hay otra que me haga levantar la ceja. Cada vez que me encuentro con esa imagen siento que no habrá tiempos mejores, aunque lo desmientan los títulos, esa contabilidad tan poco imaginativa.

El retrato me sigue pareciendo imponente. Allí están los tres, impertérritos, con la mirada perdida, como quien espera el autobús, o no se concede importancia, sin nada que ocultar: Hugo con el pantalón dos dedos por encima de lo aconsejado, Gordillo con las medias bajas y Maceda a la espera del dragón. Han pasado 33 años y, con independencia de lo que consiguieron, siguen siendo la viva representación de lo que significan los fichajes de verano. Un mundo mejor. Y tal vez me quede corto.

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