Es una pena pero es así: el Mundial es una bestia indomable que no respeta generaciones. Quizás por eso ahora me da por pensar en Neymar, que había llegado a este Mundial en el momento justo. Tenía la edad ideal: 26 años. Tenía a un equipo magnífico a su alrededor. Tenía, incluso, un entrenador que parecía un maestro al que no se podía reprochar ni una falta de ortografía. Tenía una motivación destinada a fotografiarse con la Copa del Mundo. Tenía esa preparación. Tenía esa paciencia para ganar los partidos sin prisa. Tenía, incluso, algo más que eso. Tenía la sensación de que cada semana que pasaba actuaba a su favor y de que los sueños que nos pertenecen, al final, serán nuestros. Y también tenía bajo su propiedad el número 10, el número más importante de los Mundiales, y no podíamos engañarnos: le sentaba de maravilla, porque había llegado con el peso ideal, la zancada hambrienta.

En realidad, Neymar tenía la sensación de que este iba a ser su verano: la posibilidad de dar un golpe de Estado al Balón de Oro. Tenía tantas cosas a su alrededor que hoy se hace francamente difícil escribir en pasado. Pero anoche, en Kazán, Neymar envejeció cuatro años de golpe y entonces volvimos a recordar lo que es un Mundial, su maldita negativa a conceder segundas oportunidades. Y nos sorprendió que, una vez acabado todo, Neymar no se tirase al césped a llorar. Antes también nos había sorprendido que apenas pidiese la pelota y que no bombardease la portería de Courtais. Pero tampoco somos quienes para atacarlo. No somos tan oportunistas. Igual él mismo ahora está en el vestuario llorando a lágrima viva, y eso también duele, porque hoy ya no es como hace cuatro años cuando Brasil cayó en Belo Horizonte: ya no tiene tanto tiempo.

El próximo Mundial Neymar tendrá 30 años. Podrá ganar o perder, pero ahora mismo nos parecen tantos para un futbolista como él que cualquiera se molesta en planear el futuro. Parece como invertir un dinero a fondo perdido. No tenemos fuerza para eso. Por eso disculpen mi nostalgia pero no es más que la consecuencia de lo que puede cambiar la vida en 90 minutos: lo bueno y lo malo del Mundial que, en realidad, es como lo bueno y lo malo de la vida. Un maldito reflejo.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here