Esto era la gran final de Wimbledon. Y la ganó Djokovic. Lo que ocurra mañana será poco más que un acto de protocolo, dicho con respeto hacia el otro finalista, el sudafricano Kevin Anderson, buen muchacho, pero de carne y hueso, un intruso en un batalla de semidioses. El partido fue una maravilla en dos capítulos, quizá la mejor semifinal que se recuerda. El primer episodio se disputó en la noche del viernes, exactamente hasta las doce (once en Londres), cuando la normativa municipal impone el cese del espectáculo. Se reanudó bajo techo, tal y como se había empezado, a las dos de tarde y con el marcador favorable al tenista serbio: 6-4, 3-6 y 7-6 (9). La presión era máxima para Nadal, pero la presión, tenemos suficientes pruebas, le agiganta.

La leyenda de Nadal y Djokovic no podía depararnos un enfrentamiento cualquiera. Se trataba del partido 52º entre ambos, el duelo más repetido en la era Open, seguido del Djokovic-Federer (23-22). Fiel a esa historia de choques agónicos, el combate se fue al quinto set después de que Rafa rompiera en dos ocasiones el servicio de su rival y entregara el suyo una sola vez. El juego del mallorquín en esa cuarta manga fue sencillamente magnífico. Estaba envalentonado, convencido de sus posibilidades, y eso es mucho decir ante un enemigo como Djokovic, sin fisuras y que siempre exige dos tiros de gracia; un jugador que apenas pierde los nervios… pero que destrozó su raqueta contra su zapatilla después de perder el punto que daba el set a Nadal.

En el quinto prosiguió el drama. Pudo ganar cualquier y se impuso Djokovic. Nadal tuvo un 15-40 a favor para hacer el break con 7-7. Pero Novak no le dejó resquicios. Luego, con 8-7 en contra, Rafa salvó un match ball con una dejada primorosa. Ahí se terminaron los milagros. Al mallorquín hacerse con su servicio le costaba un triunfo y ya no pudo más. El marcador final fue 6-4, 3-6 y 7-6 (9), 3-6 y 10-8 y señala dos héroes aunque solo uno jugará la final. Djokovic ha vuelto y busca su cuarto título de Wimbledon (2011, 14 y 15), su Grand Slam 13. Debería ser suyo. Por muchas razones. Entre otras, por Nadal.

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