Hace un par de meses que quiero escribir sobre Love, una serie de Netflix que ya conocerán muchos y que deberían conocer muchos más. Me lo impedía, y enumero por estricto orden, el ajetreo diario, la pereza legendaria y la sensación de que el texto no será capaz de transmitir el entusiasmo que me provocó la serie en cuestión; prueba inequívoca es que aquí me hallo, dos meses después y en pleno verano, otoño-invierno en la cornisa cantábrica.

La primera consideración es que Love tiene muy buen puesto el título, porque de eso trata, del amor, romántico en este caso, con todas sus crueldades, ternuras y patetismos. Y lo hace desde el género adecuado, que no es otro que la comedia. Puesto en perspectiva, el amor exige una desnudez emocional que no es melodramática, ni por supuesto sexual, sino eminentemente cómica.

El afamado Judd Apatow es el productor de la serie. Suyo es el mérito (y el instinto) de desarrollar un tipo de cine para los adolescentes que cuentan ahora entre 30 y 50 años. Lo ha hecho con éxito desigual, virando entre el romanticismo y la escatología, pero siempre con una frescura que cuesta distinguir de la inmadurez patológica, la misma que padecemos los miembros del Club Peter Pan.

Pero me estoy yendo por las ramas. Yo lo que pretendo aquí es hablar de Mickey Dobbs, el personaje más arrebatador que recuerda mi famélica memoria. Aclaro ahora, para los no iniciados, que Mickey no es un hombre —tampoco un ratón— sino una mujer fascinante en todas sus adicciones o precisamente por ellas. Mickey podría sustituir el test de Voight-Kampff para descubrir replicantes. Quien no se enamore de ella debe ser considerado un androide. Quien no se sienta atraído por su personalidad deliciosamente inestable es necesariamente un reptil, nieto de Diana, lagartera mayor del reino de V.

Las razones por las que Gillian Jacobs, la actriz que da vida a Mickey, no es una estrella se me escapan y me enfurecen con relativa moderación. Jacobs lo tiene todo, vis cómica y trágica, además de una belleza natural que se multiplica en el desaliño; a Mickey le sientan mejor las ojeras que los pendientes. Imagino que, como tantas veces, es la suerte la que ha inclinado el pulgar hacia abajo. A sus 36 años, Jacobs merecería oportunidades en el gran cine y solo me queda esperar que Woody Allen piense lo mismo que yo.

Tiene cierta coherencia enamorarse de la protagonista de una serie que se llama Love. Pero su impacto no hubiera sido el mismo sin la presencia de Paul Rust, coprotagonsita y guionista de la historia. Él interpreta al reverso del galán romántico: es eminentemente feo, bajito e inseguro, con tendencia a caer en ese fuera de juego emocional que llamamos ridículo. En teoría, el último ser vivo que podría llevarse a la chica. Sobre el papel, un tipo con el que sentirse muy identificado. Estoy convencido de que Woody Allen también habrá tomado nota.

Sin embargo, el amor es un misterio envuelto en un arcano rodeado de un enigma. O no tanto. Lo que liga la relación entre ambos es que comparten un fino y elegantísimo sentido del humor. Eso les permite verse desde fuera y reírse o sonreírse, superar los obstáculos y continuar trayecto. Un apunte: pese a tratarse de una comedia que no renuncia a serlo, hay una infidelidad (o dos) que uno siente en carne propia.

Recomiendo Love. También la serie. Recomiendo a Mickey Dobbs sobre todas las cosas. Recomiendo seguirla en Instagram (por seguirla de algún modo) y recomiendo no ver la película Ibiza (bajo ningún concepto); allí aparece Gillian Jacobs pero no hay rastro de Mickey. También recomiendo a Paul Rust. Disfrazado de Gus Cruikshank y durante 34 episodios completa la mutación que hacia Supermán en la cabina de teléfonos: entrar como un pardillo y salir como un héroe.

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