Hay dos tipos de personas en el mundo: los que necesitan ideales para vivir y los que no. En estos tiempos de «crisis de valores» y bienestar socioeconómico generalizado en las sociedades occidentales, los ideales han pasado a ser algo secundario para la mayoría de las personas. Nos limitamos a vivir y a que un día le suceda a otro, con toda la naturalidad y el sinsentido del mundo.

En 1966, una película de aventuras hablaba de estos temas. Se trata del western Los profesionales, dirigido por Richard Brooks. Es un film de notable calidad que demuestra que se puede entretener sin caer en la apología de la vacuidad de la que hacen gala los blockbusteres modernos.

Los profesionales cuenta la historia de cómo cuatro mercenarios (interpretados por Lee Marvin, Burt Lancaster, Woody Strode y Robert Ryan), contratados por un magnate tejano, hacen todo lo posible por rescatar a la esposa de este, María (Claudia Cardinale), de las garras de Jesús Raza (Jack Palance), un revolucionario mexicano que la ha raptado y que pide 100.000 dólares por su rescate.

Los cuatro profesionales son personajes que están de vuelta de todo. Se han acostado con más mujeres, bebido más whisky, disparado más balas y mordido más pólvora de lo que nosotros seríamos capaces en 300 vidas. Son personas que han perdido los ideales, que no necesitan consuelo ni un sentido para su día a día salvo el de seguir adelante y seguir vivos.

Este diálogo entre los personajes de Lancaster y Marvin ejemplifica muy bien la tónica general del grupo:

—Marvin: “¿Piensas en algo que no sean mujeres, whisky y oro?”.

—Lancaster: “Amigo, acabas de escribir mi epitafio”.

Brooks consigue divertir a la par que mostrar al espectador dos realidades paralelas que terminan chocando en la pantalla. Por una parte, el idealismo de los mexicanos, que cabalgan, comen y viven por y para la revolución, para la liberación de su pueblo. Por otra, la de unos mercenarios gringos que no creen en otra cosa que en lo que predicaba Epicuro, el placer instantáneo.

El enfrentamiento entre estas dos visiones del mundo, el idealismo y el racionalismo, alcanza su culmen después de que los mercenarios capturen a María y descubran que esta no ha sido raptada, sino que se fue por su propio pie y por amor al revolucionario Raza. En un combate a tiros se produce un diálogo espléndido entre Raza y Bill, el personaje que interpreta Lancaster:

—Raza: ¿Supongo que sabes que uno de los dos ha de morir?

—Bill: Es posible que los dos.

—Raza: Morir por dinero es una estupidez.

—Bill: Y morir por una mujer más aún. Sea la mujer que sea, incluso ella.

—Raza: ¿Cuánto tiempo vas a retenernos?

—Bill: Un par de horas y lo que pase aquí ya no importará. Ella volverá a ser la señora Grant.

—Raza: Pero eso no cambiará nada, lo que importa es que ella es mi mujer antes, ahora y siempre.

—Bill: Nada es para siempre, excepto la muerte. Pregúntale a Fierro, a Francisco, a todos aquellos del cementerio de los hombres sin nombre.

—Raza: Todos ellos murieron por un ideal.

—Bill: ¿La revolución? Cuando el tiroteo termina, los muertos se entierran y los políticos entran en acción y el resultado es siempre igual, una causa perdida.

¿Quién tiene más razón? ¿El gringo o el mexicano? ¿Don Quijote o Sancho Panza? Probablemente los dos tengan su parte de razón. En este tiempo y en cualquier otro, los ideales nos empujan adelante. Es imposible vivir sin ellos e incluso los cuatro mercenarios terminan dejando aflorar su lado más humano al final del film, pero evitaré los spoilers. Esta necesidad la explica bien el personaje de Palance:

—Raza: La revolución es como la más bella historia de amor. Al principio ella es una Diosa, una causa pura, pero todos los amores tienen un terrible enemigo.

—Bill: El tiempo.

—Raza: Tú la ves tal como es. La revolución no es una Diosa, sino una mujerzuela, nunca ha sido pura, ni virtuosa, ni perfecta, así que huimos y encontramos otro amor, otra causa, pero solo son asuntos mezquinos, lujuria, pero no amor, pasión… Pero sin compasión y sin un amor, sin una causa, ¡no somos nada! Nos quedamos porque tenemos fe, nos marchamos porque nos desengañamos, volvemos porque nos sentimos perdidos, morimos porque es inevitable.

Esta película es un claro exponente de lo que se denomina Western crepuscular. Son los años 60, la contracultura avanza a todo trapo y los cowboys clásicos han adquirido una tez cada vez más rancia. Han sido sustituidos por personajes desencantados con la vida y el futuro, como los protagonistas de Los profesionales o los de Grupo Salvaje.

El guión de Brooks, por el que fue nominado a un Oscar, conduce al espectador por sinuosas y escarpadas montañas, que bien podrían ser el laberinto de nuestro día a día. Algunos nos levantamos un día, un mes o un año queriendo ser mexicanos y sacrificarlo todo por lo que consideramos justo, y otros tratando de pensar lo menos posible, agarrando la primera botella, mujer o recompensa que aparezca ante nosotros.

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