Cuando tras la final de Kiev dijo «fue muy bonito estar aquí, en unos días diré algo”, todos fuimos aquel niño a quien la madre va a buscar al parque para aguarle la fiesta. Cuando vimos a La Cibeles sonreír mientras él abrazaba la  Champions League, recordamos que había que abonar sus títulos a la cuenta del maniqueísmo que vino con su equipaje aquel mes de julio de 2009. Cuando en Rusia plantó cara a España con aquel hat-trick y el consabido golpe de pecho a lo Hulk, todos alcanzamos a corear aquella canción que dice “a que no me dejas, a que te enamoro una vez más antes de que llegues a la puerta”. Cuando Manuel Jabois alzó la voz para decir que merecíamos enterrarle, el susodicho ya buscaba casa en Turín. Cuando quisimos dar la despedida que no dimos a Casillas, llegó aquel frío comunicado con un “espero que me comprendas” que de inmediato nos hizo extrañar a Xabi Alonso.

Se fue Cristiano, no dio la cara y las reacciones no se hicieron esperar. “Goles no son amores, ni siquiera cuando la cifra es tan marciana que llega a los 450 goles en 438 partidos”, dijo Sámano en El País, justo cuando una hora antes Juanma Trueba sentenciaba que “jamás tuvo destrezas emocionales ni quien se las entrenara” y que su vínculo con el Real Madrid terminó por ser “un feliz matrimonio de conveniencia”. Quién dijo limón en la herida. Muchos nos resistirnos a verlo así, se trataba de aquel que hizo que nuestra autoestima no se pulverizara en aquella época en la que el Barça de Guardiola era el rodillo escarnecedor. Entonces quise tomar venganza y fui en busca de aquel viejo tuit que decía: «Caso Cristiano: fácil solución. Se le vende al City por Silva, Barry y 30 millones”. En el 2012, el tuit fue Troya, el viernes no era más que el recordatorio de una de las tantas pataletas que antecedía a cada jugosa renovación de CR7.

Mientras pasaban las primeras horas del lunes la negación se instalaba en la sala y deshojaba margaritas. Como la verdad no es tal cuando se proclama por decreto sino hasta que se descubre, la vimos llegar muy oronda en Jeep. Ya estaba ahí con la Vecchia Signora, y quienes pensamos que habría una palabra o gesto de cariño para su ex, nos quedamos en la puerta. Tras atender a los hinchas, entró en la clínica cantando «Juve, Juve, Juve”. Al ser preguntado en la rueda de prensa sobre la afición madridista, sonriendo, contestó: «No creo que estén llorando». Y cuando indagaron sobre cómo se había llegado allí, alzó la ceja y dijo: «Fue una decisión fácil». La pregunta obligada es: ¿Si su decisión fue fácil por qué la nuestra de aceptar que se ha ido no ha de serlo? La culpa la tiene el apego. No hubo afecto, pero hubo apego. Y fue en ese momento cuando eché mano del Walter Riso que tenía María en el nochero. No lo podía creer, ¿Walter Riso, yo? Portugués, portugués que chulo es.

En el libro que lleva ese nombre, Riso señala que “desapegarse sin anestesia” de algo o de alguien es cambiar un sufrimiento inútil por un sufrimiento útil, que es el del duelo y la pérdida asumida. Para entender el apego a Cristiano basta recordar lo que ha sido Messi hasta la llegada de Zidane. Para nuestra fortuna y consuelo, en los últimos días el Madrid aprendió a sostenerse sin el mejor CR con la BBC bajo sospecha, mientras el Barça sin Neymar no logra despejar la incógnita sin el diez. Me dije a ver ya está, que sólo es un jugador de futbol que se fue para otro club, luego leí que ya hay un helado y una pizza con su nombre en Turín y ay. Pues bien, bienvenido el duelo. Sobreviviremos.

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