Pocas selecciones de fútbol tienen su identidad tan clara como la uruguaya. Uruguay sabe a qué juega porque sus jugadores tienen absolutamente interiorizada la manera no sólo de practicar el deporte, sino de ser. El futbolista uruguayo ha nacido para estar agazapado, listo para morder en el momento preciso. Luego sabe agazaparse de nuevo, para dedicarse a esperar. Nunca subestimes la paciencia de un jugador que vista la celeste, porque es señal de que está listo para atacar. Porque nunca está relajado. 

Está agazapado.

Lo dice mejor uno de ellos. “La bendición y la maldición para los uruguayos es que nunca nos podemos relajar. Es la historia de nuestro fútbol, es la historia de nuestro país. Cuando nos ponemos la celeste, sentimos el orgullo de nuestra historia”. Es Edinson Cavani, uno de los mejores delanteros de la última década e ídolo de la selección uruguaya, del Nápoles y del PSG. “Llevarás estos sentimientos contigo durante toda tu vida, porque eres sudamericano. De Uruguay. De Salto. Vives el fútbol de una manera diferente”. A los 31 años, Edinson Cavani ha llegado a su punto máximo de rendimiento como futbolista. Lo sabe todo Uruguay, que vibró con su descollante actuación frente a los portugueses en octavos, que incluyó dos goles de altísima factura –uno de ellos, por la explosiva suma de estética e importancia, candidato a ser el mejor gol de la Copa- y una lesión muscular que lo tiene en duda para el choque de cuartos frente a Francia. Pero fuera del campo parece también haber hallado la madurez que requiere tener un líder positivo para una selección competitiva, sobre todo si nos remitimos a su emotiva “Carta a mí mismo de pequeño”, que escribió para el magnífico portal The Players Tribune.

En ella, más allá del típico relato de superación que es el denominador común de las carreras de los futbolistas sudamericanos, se lee a un Cavani ecuánime, sencillo, crítico, observador, inteligente. Y sabio. Dice Edinson que es importante escribirle al niño que uno fue porque es esa la única época de nuestras vidas en la que tenemos absoluta libertad. Cavani, que creció sin agua caliente y sin dinero para comprarse un par de botines, echa de menos la libertad de saberse sin nada y aún así con todo. Ahora las cosas son muy diferentes.

“Como niño, vives tu vida con una intensidad y una pasión que será imposible como adulto. Tratamos de aferrarnos a esa sensación cuando vamos creciendo, pero empieza a irse. Se nos escurre entre las manos. Hay demasiadas responsabilidades. Demasiada presión. Demasiada vida vivida adentro. No se puede ir afuera y sentir el sol”, escribe el delantero. Y agrega que la vida del futbolista exitoso –más allá del dinero, la fama y los lujos- puede ser extremadamente dura. Menciona la palabra “prisionero” un par de veces. 

Y, aunque tenderemos a considerar que un tipo que gana millones de euros por año no es prisionero más que de sí mismo, los argumentos de Edinson dan qué pensar. “Vamos de la casa al estadio, del estadio al hotel, del hotel a la casa, de la casa al avión. Siempre estás dentro de algo”. En tránsito. La libertad de la infancia no implicaba ningún encierro, ningún tránsito. La adultez, así se dedique uno al fútbol o a la carpintería, es una prisión.

El escritor mexicano Juan Villoro me dijo un día que el fútbol es un fenómeno tan masivo porque nos acerca al niño que tenemos dentro. Al fin y al cabo, es un juego, con unas reglas y unos objetivos. Es lo más parecido a la felicidad. A la libertad. Y esa libertad que añora Cavani sólo la consigue en un campo de fútbol: “Hay sólo un lugar en el que podrás tener esa libertad total. Y dura 90 minutos, si tienes suerte”.

El punto fuerte de la carta de Edinson, y el que parece coronarlo como un tipo sensato e inteligente, es su conclusión: que lo importante es la sabiduría con que se viva la vida, y no necesariamente lo que se tenga o lo que falte. Algo similar a lo que ha sostenido durante años Pepe Mujica, el ex presidente uruguayo que conducía su envejecido Volkswagen Escarabajo a Palacio de Gobierno. Uruguay, ese paraíso en medio del agridulce caos latinoamericano, es un país que tiene las cosas muy claras.

Sería injusto que la dupla Suárez-Cavani (uno de los mejores ataques de los últimos veinte años) no pudiera jugar esa final adelantada que es el Uruguay-Francia. Edinson, siempre mirando de reojo a uno de sus referentes, Gabriel Omar Batistuta, del que ahora es un ejemplar sucesor, tendría que poder liderar a su selección, mirar Hugo Lloris a los ojos y hacer lo que hacen los uruguayos cada vez que pisan el césped: “Tenemos que ir por todas, dale, dale, dale. Y allá vamos”.

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