Termina el partido y me acuesto en la cama, con la camiseta de España puesta, con la estrellita en el pecho. La única cura para sobrellevar lo que acababa de suceder era soñar algo mejor, algo bonito, y ni siquiera eso, bastaba con algo distinto. Difícil. Demasiado ambicioso por mi parte creer que podría hacerlo, así que aquí sigo, despierto. La mejor terapia para estas situaciones es desahogarse y, en mi caso, escribir, aunque algunos sugieran que los periodistas tengamos que pedir perdón por hacerlo, porque con nuestras palabras solo buscamos hacer daño. Se equivocan.

Mi cabeza piensa que estamos en cuartos, pero mi corazón dice lo contrario. Lo ocurrido es una lástima, una ocasión desaprovechada, difícilmente en el futuro España volverá a tener un cuadro tan provechoso para avanzar hacia la final. Tampoco volverá el estado de forma de algunos futbolistas que ha sido desperdiciado estrepitosamente.

Sí, España ha caído eliminada en octavos contra un equipo indiscutiblemente inferior. ¿Y si les digo que no me sorprende? Claro que no lo esperaba, ni lo deseaba, pero cuando las cosas no se hacen bien, y eso se ve, la sorpresa es menor. No hace falta ser un gurú, solo analizar la situación en frío. Duele, porque, como se suele decir, la esperanza es lo último que se pierde, pero no hay desconcierto ni confusión. Todavía menos cuando avanzan los minutos y todo sigue igual, y cuando digo los minutos, también quiero decir los partidos, incluso los años.

Cometeríamos un error si culpáramos a Koke o a Aspas por errar sus penaltis. ¿Qué les van a decir a ellos? Iago no se merecía ser la cara de la derrota y, por merecer, tampoco se merecía estar en el banquillo. A pesar de que su entrenador lo ningunease desde el primer partido, se sabía el mejor de los tres delanteros, asumió, con personalidad, el quinto penalti. ¿Se imaginan a Morata de suplente después de haber marcado casi 70 goles en las últimas tres temporadas? Seguro que no, pero Iago en su equipo no lleva una elástica blanca, azulgrana o rojiblanca. Detrás de él no hay ninguna campaña mediática. El gol contra Marruecos lo marcó el VAR, pero el penalti contra Rusia lo falló Aspas. No. Si entonces no fue el héroe, ahora tampoco va a ser el villano.

Hay pocos futbolistas que sean capaces de entender tan bien el juego, aún menos los que se atreven a aventurar el futuro. Después del último partido de preparación, Aspas advirtió de que las sensaciones del grupo no eran tan buenas como se esperaban. Algunos casi lo linchan por eso. Luego pasó lo que todos sabemos. Eso quiere decir que no toda la culpa la tiene Hierro, las malas ya venían dadas, pero la cita le ha venido grande, le faltó capacidad de reacción desde el banquillo.

Iago representa a ese grupo de los que querían, pero a los que no han dejado. El gran error no fue el penalti, sino no darle protagonismo. Contra Rusia, en tres minutos, forzó un córner, dio una asistencia con el pecho a Iniesta e hizo un remate cruzado. No se explica su presencia testimonial, pero tampoco los pocos minutos de Rodrigo y Asensio, o la nada absoluta de Saúl. Con suerte un Mundial son siete partidos, y no se ha aprovechado el momento de los jugadores que llegaban bien, se ha apostado por los que lo hicieron a remolque. De los titulares, solo Isco dio la talla.

No nos engañemos autocomplaciéndonos, esto no es el final de una década. Algunos futbolistas sí han resistido a estos diez años, pero parte de esa familia lleva sin comparecer desde 2014. La Selección ha conseguido algo inédito, ha ganado tres torneos seguidos, pero, desde la Eurocopa de 2012, han pasado otros tres en los que ha caído eliminada a las primeras de cambio. Ambas situaciones hay que valorarlas. Ni regodearse demasiado en el éxito ni hundirse en el fracaso. El asunto es que, en este país, falta autocrítica, no estamos educados en la derrota. Errar es humano y echar la culpa a otro es estratégico. Iago no se merecía este final.

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