Siempre me han llamado la atención las dificultades que tienen los ciclistas para identificar al enemigo. Lo hemos visto cientos de veces. El otro día, sin ir más lejos. Con Valverde escapado, el equipo Bahrein colaboró con Sky para reducir la ventaja del murciano. Alguien, Nibali o su director, pensó que Valverde también era un enemigo e incurrió así en el primer error de cualquier aspirante: no ordenar a los enemigos por talla y armamento. Y es solo un ejemplo. En cuántas ocasiones hemos visto que peleas entre candidatos secundarios favorecían al candidato principal, Froome en los últimos años.

El problema no es exclusivo de quienes luchan por la clasificación general. En la etapa que ha terminado hace pocas horas, Gorka Izagirre también erró al identificar al enemigo. Pensó que era Slager, aunque en realidad era Stuyven. Y en el tiempo que perdió en reprochar a uno su falta de cooperación, el otro se alejó por el horizonte.

Tal y como lo veo yo, para ganar el Tour hay que vencer en primer lugar a Froome, y una vez eliminado este, continuar tachando nombres: Thomas, Dumoulin, etc. Y lo mismo para una etapa. O muy similar. Quien desee levantar los brazos en la meta debe apartar en primera instancia a Sagan y luego, siempre ordenadamente, al resto de tipos con escopeta. Luchar contra el mundo es un negocio ruinoso y agotador.

Doy por hecho que lo anterior se puede aplicar a otros entornos. Hoy mismo, al abrir Twitter, todavía somnoliento, he descubierto que me tiroteaban sin piedad a cuenta de un artículo sobre la presentación de Vinicius. No es que me guste el olor del napalm por las mañanas (prefiero el de las tostadas), pero decidí contestar a los pistoleros. Advertí, aunque ya lo tenía comprobado, que algunos madridistas tampoco saben identificar al enemigo. En ellos caló el concepto de “pseudomadridista” que utilizó Mourinho en su día para purgar a los críticos. Ya lo recordarán: nada peor que un pipero o un casillista. En esencia, era la misma paranoia que la del senador McCarthy y su caza de brujas. Como los comunistas de verdad estaban lejos, decidió perseguir a los falsos americanos que profesaban la terrible ideología o encubrían a sus practicantes.

En el caso del Real Madrid, mi sensación es que el enemigo no existe, entendido como un oponente organizadamente saboteador. Tampoco lo tiene el Barcelona. El antimadrismo y el antibarcelonismo son reacciones espontáneas (y muy españolas) al dominio ejercido por dos imperios. Eliminar esa animadversión, o pretenderlo, es renunciar a los mínimos inconvenientes de la grandeza deportiva.

A quienes piensan que el periodismo es el eje de la conspiración, ya sea un sentido o en otro, siento decepcionarlos. Según he podido observar, y aún vivo por los alrededores, los periodistas deportivos se mueven en mayor medida por los colores que por los intereses. Digo en mayor medida para no incurrir en las generalizaciones que detesto. Se dice por las redes que hay muchos periodistas vendidos, pero yo solo conozco a algunos colegas que se han regalado. La versión más perversa de periodista deportivo es inofensiva (y algo infantil) en comparación con otros profesionales perversos.

El periodista no conspira más que cualquier aficionado, y en general se rige por las mismas pasiones e influye en los clubes en la misma medida, poco o nada. Dicho de otra manera: no estamos entre los diez peores enemigos de un tuitero furioso. Antes que nosotros están la precariedad salarial, la sexual, la falta de empleo, la incomunicación y los telefilmes alemanes. Solo quien me demuestre que ha vencido a los adversarios mencionados dispondrá de mi pecho para hacer prácticas de tiro. Antes, abstenerse.

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