Rusia es un país que vive de cuentos. Cuando naces en el país más grande del mundo, es muy probable que te haya tocado en el lado menos dichoso de la realidad cotidiana. Pero raro es que en un hogar ruso al uso, esté donde esté en el infinito mapa del país eslavo, falten las fábulas que ayuden a los niños a dormir felices.

«¡Habéis nacido para hacer el cuento realidad!», rezaba el tifo en forma de bandera rusa en uno de los fondos del Luzhniki antes de que empezase un partido histórico para la selección de Cherchesov. Aunque el relato les colocaba en el castillo de los villanos y tuercebotas, Rusia llegaba al choque dispuesta a creerse cualquier cosa. Como aguantar 120 minutos a España y que Igor Akinfeev, portero que lleva años superando dudas como las que han enterrado en este Mundial a De Gea, se proclame héroe nacional al parar dos penaltis en una tanda dramática.

No lo dudó un segundo el general Cherchesov para cambiar el chip de la fase de grupos, convertir el partido en una guerra y aceptar que España es un dragón que le sacaba cabezas por decenas a Arabia, Egipto e, incluso, Uruguay. Volvió a la defensa de 3, un esquema que llevaba dos años deprimiendo a un equipo que no le ganaba a nadie y guardarse en la recámara a quien le ha dado gloria y billete para competir por primera vez en los octavos de un Mundial: Cheryshev. Sabía el seleccionador que cualquier distracción podía ser letal y los rumores alrededor del futbolista del Villarreal (la Federación Rusa ha tenido que sacar un comunicado desmintiendo rotundamente unas informaciones que le acusaban de dopaje), le ayudaron a tomar decisiones tan drásticas como efectivas.

Desde luego algo de inverosímil tuvo el partido de ayer para el ruso acostumbrado a que los cuentos, al fin y al cabo, son cosa de libros. En el 12′ ya estaba por debajo en el marcador tras otra acción a balón parado (los cinco goles que han encajado los rusos en este Mundial han llegado por no saber contrarrestar la estrategia rival) y a la media hora el Luzhniki parecía ya haber aceptado su suerte. La afición rusa se dedicaba a hacer la ola para aprovechar la hora de cuento que aún le quedaba. Resignados a que hasta aquí había llegado su historia.

Pero España, esta España que no supo en ningún momento ser mejor que Irán, Marruecos o ella misma, le dio a Rusia lo peor que se le puede dar a un rival qua ya no buscaba nada: esperanza. Con el penalti transformado por Dzyuba, el país entró en trance. El saludo militar del delantero gigantón puso a todos tan firmes que los de Hierro se imaginaron un rival que hasta entonces nunca tuvo.

Rusia, esta Rusia que por no tener estrellas tampoco tiene egos, aguantó en una batalla que pasará a los anales de su historia futbolística (ver al violinista Golovin echando carreras en la prórroga para cortar ocasiones de España como si trabajase en la mina fue emocionante) y celebró los penaltis antes de tirarlos. Antes de lanzar el primero, ya tenía tanto por lo que ser feliz y España tanto que perder, que el resto estaba escrito. A ver quién se duerme ahora en Rusia tras este cuento.

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