No siempre podemos escribir de los mismos. Me niego porque uno acaba repitiendo las mismas cosas en las que la puntuación final siempre depende del resultado. A veces de que un balón pegue en el poste, de que el jugador meta un penalti en el minuto 90 o de que el portero rival cometa el error de su vida. Quizás por eso lo último que le pido a una crónica es que me cuenten el partido que ya he visto. Por eso hoy no me pidan que les cuente el Colombia-Polonia que acabamos de ver porque igual no sabría hacerlo. Y además desde el primer momento que vi tocar la pelota a Quintero, el zurdo, el número 20 de Colombia, me obsesioné con él. Porque escribir de fútbol también es obsesionarse con lo que a uno le gusta. No es liarse a hablar de diagonales ni de la segunda línea ni de la solidaridad, esa palabra que se ha puesto tan de moda entre los entrenadores en estos años.

Yo, sin embargo, prefiero escribir de futbolistas. A ser posible, de futbolistas que pongan en cada balón parte de su reputación: ya no les digo nada si son zurdos. Siempre he entendido que es casi imposible encontrar un futbolista zurdo que no juegue bien al fútbol. Si es de poca estatura como Quintero, si se ha criado en Sudamérica como Quintero, la clase ya se da por descontada. El balón se convierte en una herramienta de calidad como cuando lees a un tipo que escribe bien y automáticamente deseas saber más datos de él: qué años tiene, de qué ha escrito hasta que tú le has leído y hasta de dónde es. No podríamos vivir sin afán de curiosidad.

Así me ha pasado esta noche con Quintero, el número 20. Todo está incluido en su pie izquierdo, capaz de levantar el brazo y de sacar el coche del taller. El balón pasa por Quintero antes que por James como no se podía imaginar hace cuatro años en el Mundial de Brasil. Pero hoy es hoy: la posibilidad de abrir la ventana y que sucedan grandes cosas como esta noche frente a Polonia. Una de ellas es que yo mismo llegase sin una atención especial a este partido y me haya enamorado de su manera de entender el fútbol, de parar el balón y de compartirlo con su gente.

A partir de ahí me cuesta entender que, a los 25 años, Quintero no haya hecho vida en Europa. Pero esto también forma parte del chantaje de los Mundiales. Jugadores magníficos en competiciones de un mes que no lo son para las que duran un año. Quintero estuvo en Portugal y en Francia donde no salió la cosa. Ahora anda en Buenos Aires, en River Plate, pero todavía es pronto para que este hombre no pueda jugar una final de la Champions o de un Mundial. Hoy lo hubiera hecho y quizá hubiese sido la estrella.

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