En Barcelona, se estima que viven unos 60.000 argentinos, más o menos la mitad de la población de Reikiavik, capital de Islandia. Cientos de ellos se agolpan en La Oveja Negra, en el barrio de Poble Nou, para ver el debut de su selección. Como ver un partido de Argentina rodeado de la fanática hinchada albiceleste es algo que todo buen aficionado al fútbol debe hacer una vez en la vida, decido unirme a ellos. Al inicio del partido, y mientras resuena en las gargantas la letra del himno argentino “Oid mortales el grito sagrado: libertad, libertad, libertad!”, que Messi no canta, hago un absurdo ejercicio matemático y por pura comparación aritmética con la población del país nórdico, deduzco que entre todos esos “argento-barceloneses” podría haber 3 o 4 potenciales jugadores para la selección argentina. Tras ver el debut de la bicampeona mundial, quizá mi ejercicio no sea tan absurdo: alguno debe haber en este bar.

Sin embargo, la ilusión no decae: es difícil pensar en otro equipo que, ofreciendo tan poco fútbol, despierte más ilusión en su gente. Y uno, sin querer, se ilusiona con ellos. Porque hay una cosa que tengo clara: los seres humanos, somos mejores personas cuando estamos rodeados de gente que saca lo mejor de nosotros mismos. Lamentablemente también pasa en sentido contrario: estar en un entorno nocivo, nos saca lo peor. Y en el fútbol, como reflejo de la vida sucede lo mismo. Por ejemplo, a Messi, a quien le rodean de peores futbolistas cada año en el Barça y cada cuatro años en su selección. No es extraño que, en ocasiones, aparezca su peor versión. Cuando él ha de ser el capitán, el organizador, el media punta, el goleador y el entrenador dentro del campo, la única conclusión posible es que Argentina ha mutado finalmente en la Liberia de George Weah: el único Balón de Oro africano de la historia, además de todo eso, pagaba las equipaciones y los vuelos de sus compañeros. Debe ser lo único que le falta por hacer a Messi, que sabe que Liberia tomó su nombre de “Libertad”. Por eso no canta el himno.

O tal vez son esas cosas del karma: para mantener el equilibrio cósmico, el Dios del fútbol ha decidido que el mejor futbolista de la historia esté rodeado de la peor generación de futbolistas que ha visto su país en 50 años. De poder verse acompañado de Ayala, Pochettino, Samuel y Zanetti a sufrir con Otamendi, Rojo y Tagliafico. De realizarse junto a Redondo, Aimar, Riquelme y Verón a frustrarse con Mascherano, Biglia y Meza. De asistir a Batistuta a resoplar con Higuain. Si a todos aquellos les faltó un Messi, a Messi le faltan 10 de aquellos. Liberia ni siquiera se clasificó para el Mundial y nadie se lo echó en cara: viendo a Argentina frente a Islandia, habría que preguntarse por qué le exigen ganar un Mundial a un equipo que ha hecho historia clasificándose.

Porque el problema para Messi es que no hablamos de tenis o de atletismo: el fútbol es, ante todo, un deporte de equipo. Y el mejor ejemplo fue este partido: Islandia solo sabe jugar de una manera pero lo hace perfectamente. Es un equipo limitado, sí, pero un equipo donde cada uno hace mejores a sus compañeros. Con apenas un 25% de posesión generó las mismas ocasiones que su rival. Su delantero Finbogasson, del que algunos dicen que tiene nombre de personaje de cómic, tardó apenas 30 minutos en marcar su primer gol en un Mundial, igualando el de Argentina apenas 5 minutos antes. Media asistencia de Caballersson.

Argentina es justo lo contrario: no sabe jugar de ninguna manera y también lo hace perfectamente. Creo que la reciente cumbre de Singapur debió inspirar a Sampaoli: si Donald Trump y Kim Jong-Un pueden sentarse a hablar sobre la paz mundial, ¿por qué no pensar que el centro del campo con el que salió Argentina podría crear algo de fútbol? La táctica de colgar balones frente a una defensa con una altura media de 1,90, es algo que podría esperarme de aquel ladronzuelo que le robó la cartera a Maurice Green y salió corriendo. Vamos, lo que en castellano castizo viene a ser: “Ni al que asó la manteca”. Y si hablamos de personajes de comic que marcan goles, Argentina también tuvo el suyo: el “Kun” (para algunos el “Par”) recibe su apodo de un dibujo animado. Pero éste necesitó tres Mundiales para marcar su primer gol. Cosas de la fama.

Y tras la frustración, veamos el vaso medio lleno: no es, ni mucho menos el peor debut mundialista de Argentina. Basta con recordar a Oman Biyik en 1990 y a un equipo que, con Monzón, Troglio y Dezotti, llegó a la final. Y si las fatuas voces insisten en la imposible comparación entre Messi y Cristiano Ronaldo, démosle a través de ellos una esperanza a la hinchada argenta: hace dos años, en la Eurocopa, Portugal debutaba también contra Islandia. El resultado: 1-1. Y el delantero de la selección portuguesa completó uno de los peores partidos de su carrera profesional: no falló un penalti, como Messi. No. Ni siquiera chutó a puerta en todo el partido. Portugal terminó ganando el torneo.

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