Dos países opuestos completamente. Dos culturas diferentes. Dos maneras distintas de entender el fútbol. Un equipo muy físico y rápido. Otro menos poderoso y con más calidad técnica. Japón contra Senegal y lo que les une es una cita mundialista.

Fue un encuentro igualado. Cada selección jugó sus cartas. Senegal desplegó todo su potencial físico, su velocidad y sus ansias por llegar a la portería contraria.  Velocidad por bandas con Sané (jugador del Liverpool) y a Sarr (Rennes). Y pases en largo que buscaban sorprender a la zaga de Japón con Niang. El equipo africano estaba volcado, centrando al área, porque hasta en altura sacaban ventaja. En una de esas llegadas por banda, el portero japonés falló y Mané, el más listo de la clase, anotó el primero. Hasta aquí la aparición de la estrella del Liverpool; ya no se le volvió a ver.

En el otro lado del campo, Japón. En altura, en velocidad y en músculo, francamente inferiores. En cabeza, técnica y paciencia, muy superiores. No perdieron la calma pese a recibir el gol. Intentaron dominar el cuero, moverlo y con paciencia llegó el empate. Un control con algo de fortuna de Nagatomo y una definición de auténtico crack de Inui (Betis) igualaron el partido.

La segunda parte fue lo mismo. Los dos equipos cara a cara, cada uno haciendo lo que sabe hacer. Nada nuevo. Senegal se adelantó de nuevo. Japón volvió a poner las tablas. El grupo queda abierto para la última jornada. Ahora les tocará esperar a lo que pase entre Colombia y Polonia. Un empate entre americanos y europeos provocaría que los cuatro equipos dependan de sí mismos para estar en octavos. No se puede pedir más emoción.

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