Pasaremos un mes dedicando sonetos a muchos de los nuestros. También a algunos desconocidos que después del Mundial sonarán más que la canción del verano; y a algunos viejos amigos sobre los que Dios posará sus ojos y, según quién le caiga mejor, accederá a otorgarles la llave del paraíso. No me cabe duda que muchos de esos adjetivos que tuvimos que meter en el armario antes de tiempo hace cuatro años, se los llevará Andrés Iniesta.

Parece que la cosecha joven da frutos de sobra para alimentar a España. Veo en Isco, en Saúl o en Asensio, retazos de un pasado inolvidable que ya deseamos repetir cuanto antes. No es cultura en nuestro país eso de tener paciencia. Cuando éramos jóvenes puede que fuésemos más felices. Quizá no tanto como ahora, a la espera de que un rayo de sol empuje a los nubarrones que persiguen a España desde hace un par de días.

Pero estoy segura de que Iniesta permanece tranquilo, mirando al tendido, su parquedad en palabras es inversamente proporcional a su generosidad con la lírica dentro de un campo de fútbol. Eso nunca cambia. Podemos estar tranquilos. Nos deberíamos encomendar a él, a su voluntad, por aquello de la ética a la que tanto se alude en las ultimas horas. Eso sí que me parecerían buenos valores, modales impecables, y no los de Rubiales.

Érase una vez, un pequeño manchego de cuyo nombre se acordarán hasta nuestros nietos, que allá por 2010 nos cumplió el sueño de nuestra vida en una noche de verano. Dijo una vez Gibran Khalil Gibran, poeta libanés, que «el alma del bailarín tiene su morada en todo su cuerpo», que es lo mismo que debe de pensar Iniesta cuando se mira en el espejo. En Rusia, Andrés se contoneará por última vez ante los ojos del mundo, y llorarán los pilares de la Tierra. Pero, como el mejor de los perfumes (este viene en envase reducido) dejará impregnado con su olor cada rincón de nuestra memoria.

 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here