Uruguay es un país curioso, muy curioso. Es pequeño (si obviamos la anécdota de Surinam, el más pequeño de Sudamérica), y aún más diminuto si se le compara con sus vecinos, Brasil y Argentina. Pero pese a su superficie y a sus poco más de tres millones de habitantes, es un país “histórico”. Porque no nos engañemos, la Historia importante, la que da relevancia, la de las mayúsculas, no la dan los científicos ni las grandes gestas, sino la música, el arte y, sin duda, el fútbol. Y es que la volea de Zidnne, las cabareteras de Casablanca cantando (viviendo) la Marsellesa o la volumetría de Cezanne han hecho más por la Grandeur francesa que cientos de Pasteur y sus maravillosos procesos higiénicos.

Y en eso, los charrúas son muy grandes. Y originales. Porque a ver, ¿qué país puede alardear de festejar el nacimiento de un músico que todo el mundo cree que nació en otro lado? Pues, por supuesto, Uruguay, que tiene declarado el 24 de junio como el Día de Gardel, estableciendo por ley que la población de Tacuarembó es la sede de los actos conmemorativos «por ser el lugar de nacimiento» del famoso cantante. La teoría más extendida dice que nació en la ciudad francesa de Toulouse, pero quería tener la nacionalidad argentina (en la actualidad eso suena raro, lo sé) y para ello manipuló su certificado de nacimiento para que apareciese como “ciudadano uruguayo”, y así poder optar a ser legalmente argentino de una manera más fácil. Hay que reconocer que como falacia está bien urdida, porque como todo el mundo sabe y debe saber Gardel era uruguayo (y cada día canta mejor).

¿Pan y circo?… por favor, tengamos buen gusto, mejor tango y fútbol. Porque en el fútbol, ay amigo, ahí sí que sí, que Uruguay es cosa seria. No solo porque luzcan cuatro estrellas en la celeste (dos por los Mundiales y dos por los Juegos que los precedieron), sino porque una de ellas la lograron en el que es el partido más famoso de la historia del fútbol. Ya saben, el Maracanazo y su mítica… el empate valía a la canarinha para ser campeona y se pusieron 1-0, pero los charrúas remontaron y blablablá, suicidios, blablabla, Barbosa y Varela, blablabla… Mucho Uruguay.

Lo sé, eso fue hace mucho. Pero no hace tanto tiempo vino de River un tal Francescoli, cuyo talento era tal que Zidane puso a su hijo Enzo en su honor, o el chino Recoba, un diablo al que el Inter le convirtió en el jugador mejor pagado del mundo, o el Principito Sosa, o un tal Fernando Morena que tras descoserla en River pisó la cancha de Vallecas con un garbo inolvidable…; y más tarde Forlán, y Luis Suarez, y Cavani… y seguro que algún pibe barbilampiño que ahora mismo la estará rompiendo en los potreros de Montevideo. Porque dicen que dicen que no hay país que produzca más número de futbolistas profesionales por habitante que la República Oriental del Uruguay, dato que si no es cierto lo debería ser.

Porque Uruguay “mola”. Mola su clima, templado y húmedo, con esa luz tan especial que solo existe en el hemisferio sur. Mola su pampa, interminable, y molan sus playas de Punta del Este, uno de los sitios de veraneo más chic de toda Sudamérica. Y Peñarol, y Nacional, y su vetusto estadio Centenario, y el Hipódromo de Maroñas, y el provincialismo cosmopolita de Montevideo, con su bahía, sus coches clásicos, sus despachos de abogados que igual pactan con Dios que con el Diablo (o con las offshore de Panamá) y con un carnaval que dura más de 40 días (normal con tanto abogado). Porque un país que ha visto nacer a Benedetti, Jorge Drexler o Chicho Ibáñez Serrador es un país cabal y serio. Tan serio que saben lustrar sus botines con las tibias ajenas como nadie, o que permite que un expresidente viva en una más que humilde chacra. Y el sábado más de Uruguay. Vayan cebando el mate que se viene La Celeste.

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