Si fuera poesía, esta crónica no empezaría así, con un condicional deprimente y un consuelo de tontos: nos lo merecimos pero no pudimos. Perú jugó en Saransk un partido serio después de 36 años sin disputar un Mundial. Intentó siempre controlar el partido y, aunque no siempre lo logró, dejó una imagen mejor que la de su rival. Dinamarca, por otro lado, se mostró como un equipo medianamente ordenado y, sobre todo, muy cínico: aprovechó la única oportunidad que tuvo y luego se apoyó en el talento de su arquero y en la dosis de buena suerte que suele acompañar a los países del primer mundo.

Porque no podemos pasar por alto que Perú, con sus contradicciones, sus paradojas y su pesada mochila, se enfrentaba a un país casi perfecto, armonioso, ordenado: el epítome de lo ideal, eso es Dinamarca. Y suele suceder en casi todos los ámbitos de la vida que gana el más rico, el más preparado, el que se levanta por las mañanas con una sonrisa.

Perú llegaba a Rusia sin nada que perder y con todo por ganar, con un país entero detrás que apoyaría cada decisión de Ricardo Gareca y sus pupilos. En Saransk, esa ciudad que nunca en nuestra vida sabríamos ubicar en un mapa si no fuera por el Mundial, Perú fue local. El estadio estuvo copado en un 85% por un público peruano que cantó el himno a rabiar y no dejó de alentar a su selección.

Que levante la mano quien haya soñado alguna vez en su vida que Perú sería local en la región de Mordovia, al norte de Kazajistán.

 


Un penal errado y un capitán en el banquillo


Desde el arranque del partido, Gareca tomaba una decisión arriesgada: Paolo Guerrero no estaba en el once titular. Explicó el argentino que la ausencia del delantero en buena parte del encuentro se debió a que confiaba en el once que lo llevó a Rusia y que tan bien venía jugando (recordemos que Guerrero estuvo suspendido sin jugar a nivel profesional por más de seis meses). En su lugar, jugaba Jefferson Farfán.

El delantero del Lokomotiv de Moscú aportó movilidad y puso a prueba un par de veces a los más bien lentos centrales daneses con sus diagonales. Una de ellas, hacia fuera, lo dejó casi mano a mano con el portero Schmeichel, pero Kjaer desvió al córner. Perú consiguió dominar el juego durante los primeros 15 minutos, en los que mostró su mejor cara: el balón circulaba rápido, Carrillo desbordaba bien y los del medio armaban las jugadas con criterio.

Después, los daneses se adueñaron de la pelota y Perú supo esperar ordenado y sin sobresaltos. Cuando se iba el segundo tiempo, Christian Cueva cayó en el área y, corregido por los técnicos del VAR, el árbitro marcó penalti. El mismo Cueva, el habitual encargado de patear los penales, asumió la responsabilidad. Quizás la mochila de 36 años de frustraciones pesó demasiado. O quizás sólo calculó mal. La pelota terminó en la fila 30 y las lágrimas de Cueva eran las del Perú. El primer tiempo acabó con el grito de gol ahogado y un país en silencio.

El segundo tiempo tuvo dos partes muy claras. La primera, con Dinamarca más determinada y dueña del balón. Esa fase duró quince minutos, hasta que Poulsen aprovechó un error en salida de la defensa peruana y definió ante Gallese. Después del gol, Perú se llenó de coraje y demostró por qué clasificó al Mundial y por qué llevaba invicto quince partidos. Llegó varias veces, desde ambos lados, con jugadas distintas y asociaciones de memoria, pero la pelota no quiso entrar. El tacón de Guerrero que pasó a centímetros del poste izquierdo de Schmeichel nos anunciaba que, por más que el partido durara tres horas más, el balón no entraría.

El ingreso del capitán cambió la dinámica de Perú porque le aportó un hombre de peso en el área. Paolo es un delantero más difícil de aguantar que Farfán. Difícil imaginarse que la selección de Gareca no juegue con el 9 de titular frente a Francia. Probablemente sea Farfán el sacrificado.

Ahora que los 36 años quedaron atrás, los peruanos podemos sentirnos tranquilos porque nuestra selección ha demostrado estar a la altura del Mundial. Dinamarca terminó pidiendo tiempo y encerrado en su área. Francia, que sufrió ante Australia, no la tendrá nada fácil frente a una selección que sabe a lo que juega y que dejará la vida en Ekaterimburgo.

Si existiera la justicia poética, sería un duelo de punteros. Pero el fútbol no es poesía.

El penal fallado ya es parte del pasado. Igual que los 36 años. Estamos de vuelta. Que nos aguanten.

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