Ocho años después del Mundial de Sudáfrica, aquel verano, España ha asistido a la jubilación de futbolistas primordiales y a la llegada de un nuevo entrenador al que se ha encomendado el cambio de ciclo. Sin embargo, el equipo no se ha visto alterado en lo esencial. Son los campeones de entonces los que definen el estilo de juego y la personalidad de la Selección. Iniesta y Silva, en el partido contra Suiza. Y por contagio quienes se aproximan a ellos con la única excepción conocida, pero entrañable, de Diego Costa, la percusión de la orquesta.

No es una decisión meditada, sino una elección natural. Una vez que decidimos ser torero y no toro, no tendría sentido ponernos los cuernos, nunca es recomendable a voluntad propia. El desafío es corregir, cuando proceda, la languidez a la que tiende el juego de España cuando se abusa del toque. De ahí la importancia de los agitadores, de los chavales que interrumpirán las siestas. Odriozola es uno de ellos y ejerció en Villarreal. Sus incursiones por la banda derecha fueron lo más refrescante de la primera mitad, culminadas con un gol de mérito, un zapatazo a un balón llovido. Que el chico fuera protagonista y goleador nos confirma que tiene algo especial, un encanto de otra época que le haría pasar por nieto del Dúo Dinámico, o por un pariente lejano del Butragueño ochentero, los tipos con flequillo comparten árbol genealógico.

En el tramo que los campeones dictaron el ritmo, España alternó la tranquilidad con la maravilla. En cuanto los genios aceleran, el fútbol se carga de electricidad e ilumina al estadio entero. Lo siguiente es un respiro, o un regreso a la rutina del toque. En el fondo, es como mascar un chicle y transformarlo, de vez en cuando, en un globo espléndido. No es poco, pero temo que no sea suficiente. La Selección conserva intactas las intenciones, pero ha perdido posesión, lo que multiplica los riesgos en defensa. Suiza lo comprobó. Llegó varias veces y no anduvo lejos del gol.

No es cuestión de anticipar problemas, pero habrá que ver cómo reacciona esa España cuando haya que ponerle angustia a los partidos, cuando haya que masticar tornillos en lugar de chicles de clorofila.

La fisonomía del equipo se modificó casi por completo cuando Iniesta abandonó el campo (54’) mecido en aplausos: no volverá a jugar en territorio español con la Selección. Bien es cierto que las sustituciones en este tipo de partidos suponen siempre un desbarajuste táctico, pero es obvio que la Selección baila distinto cuando no ponen la música los mayores. El juego se hizo entonces más directo, menos elaborado y más ansioso. No es mal recurso para determinadas situaciones, aunque no parece filosofía de vida para afrontar un torneo. Suiza aprovechó para empatar con el primer fallo de De Gea desde categoría juveni. Juraría que quiso componer una palomita y el balón se le resbaló de las manos, un error que no cometerá en los próximos diez años, tal vez quince.

No está mal empatar para entender que hay que seguir explorando, que no somos nada todavía, que Rusia no queda tan lejos y que antes que el fútbol hay que encontrar el sentimiento. Qué queremos. Vengarnos por las últimas decepciones, despedir a Iniesta como se merece, cantar al amor o ganar el Mundial. Una vez establecido eso, lo demás será más fácil.

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