Yo pensaba escribir sobre los cambios que no hará Hierro. Tenía previsto, incluso, indignarme un poco. Para qué diablos convocar a 23 jugadores si solo se pretende utilizar a doce o trece, para qué demonios llevarse a tres porteros si no existe la menor intención de rotar en caso de que el titular flojee. Ya tenía dos párrafos avanzados y en el tercero me quería dedicar a la relación de los futbolistas con la prensa, perversa a todas luces y abocada a una insatisfacción permanente. Si el periodista es benevolente (o directamente pelota) es tratado como un mayordomo; si es crítico se le tiene por un enemigo o por un saboteador.

Así hubiera discurrido lo que ya no escribiré, en la misma dimensión que los cambios que no hará Hierro. No sé decir cuándo cambié de opinión. Algo he leído que me he tomado como un grito desesperado. Juraría que procede del propio equipo y es un mensaje que se lee entre líneas, a poco que limpies las declaraciones de tópicos y reproches. Pienso en Thiago Alcántara, por ejemplo. Al reclamar el apoyo de la prensa con argumentos indudablemente peregrinos no hacia otra cosa que reclamar ayuda. Y lo mismo detecto en cada intervención del seleccionador. No lanza consignas, ni expone certezas; pide auxilio.

De manera que he preferido cambiar el argumento y la actitud. Además, si nos llega la hora, será demasiado simplista achacarlo a dos cambios más o menos. No habremos perdido por eso. Y es mi resistencia a perder lo primero que me lleva a responder a la llamada de socorro. Desde ya mismo declaro que no culparé a Hierro por no sacar a Iago Aspas o a Asensio. Sobre el portero no hagamos especulaciones inútiles. La lista es de Lopetegui y él nunca pensó en dar oportunidades a Kepa y Reina. Uno venía para aprender y el otro para hacer grupo.

No insistamos más. Tan razonable como cambiar a varios jugadores es apostar por los que nos trajeron hasta aquí. Focalicemos nuestra atención en lo que viene. Y en lo que hemos visto. Francia y Uruguay, los primeros clasificados para cuartos, son dos equipos que se construyen desde una superioridad física que, en el caso de los uruguayos, se complementa con una ferocidad selvática. Nosotros no tenemos ni lo uno ni lo otro. Antes éramos bajitos y ahora nos hemos quedado pequeños. Empiezo a pensar que si corremos poco hacia atrás es porque corremos poco en términos generales. Mbappé también nos habría ruborizado.

Si constato las debilidades no es para que huya nadie, sino para que se entienda mejor el SOS. No jugamos contra un equipo inferior; solo técnicamente. Como Irán y Marruecos. Rusia, como ellos, se motivará con conceptos tribales que superamos cuando decidimos racionalizar nuestro juego; añadan un estadio repleto. El problema es que el raciocinio ya no es suficiente. Hemos perdido frescura y hemos ganado diez años, por no mencionar la ausencia de jugadores capitales como Xavi, Xabi Alonso o Villa.

No somos, pues, un equipo arrogante que deba ser castigado si no cumple con su misión. Tampoco lo es el entrenador. Hablamos de equipo renovado, pero es falso. Nos hallamos ante el último tango de los que fueron campeones y en ese grupo nos incluyo a todos los aficionados, más abotargados que una década atrás, pero exigentes como el primer día; ustedes jueguen igual que yo animaré distinto.

Es fácil despedazar a un equipo que cae. Y hasta diría que es sencillo intuir el desmorone. Lo complicado es renunciar al placer que supone proclamar al mundo que ya lo dijimos nosotros. Después de tantos debates, hay quienes quieren perder para tener razón. Y no son pocos. Otros no soportarían la clasificación porque hay un tipo de esnobismo futbolístico que aplaude la pasión de los uruguayos, pero censura la de los españoles. Personalmente, me niego a renunciar a la oportunidad que se nos brinda: alargar la mejor parte del verano y de los próximos tres. Sacar la bandera y la ilusión, imaginar que se puede. La mala noticia es la proximidad del naufragio; la buena es que si te agarras fuerte al balón, flotas.

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