Todo nos pareció mal. Cuando se escondieron en su campo, casi una hora, lamentamos su defensa a ultranza y sus constantes pérdidas de tiempo, no hay derecho. Cuando salieron a buscarse la vida y quitarnos la nuestra nos pareció todavía peor, qué desfachatez. Qué hastío atacar contra un equipo encerrado en su campo. Y qué pesadez tener que contenerlo. El hecho es que no hicimos bien ni una cosa ni la otra. No atacamos como indican los manuales para abrir latas y, con el marcador a favor, no controlamos como se espera que lo haga un equipo superior. El gol es un símbolo. Lo volvió a marcar Diego Costa, el presidiario en el convento, el colmillo del peluche, el fabricante de rebotes.

No hay gloria ninguna en la victoria contra Irán, solo puntos que se canjean por oxígeno. En las matemáticas reside el único consuelo: con un empate contra Marruecos estaremos en octavos y para entonces podríamos ser otros, confiemos que mejores. Con eso debemos quedarnos, aunque los sin embargos sean muchos. Antes de desmenuzarlos diremos que tampoco Carlos Queiroz sale bien librado de lo ocurrido. Su selección tenía más argumentos que los defensivos. El equipo no era tan feo como su entrenador nos hizo ver. Ni tan brusco, ni tan mezquino. Lo averiguamos cuando abandonaron la trinchera. Mejor no pensar qué habría ocurrido si hubieran escapado antes de su propia trampa.

Las novedades de Carvajal y Lucas Vázquez tenían sentido: había que abrir el campo. No lo hicimos o no en la medida necesaria. Lateral y extremo no estuvieron coordinados, quizá porque no existen automatismos en el juego colectivo, solo en las acciones a balón parado. El resto se fía a una música antigua que apenas se escucha. Ya no somos la selección del tiqui-taca porque hemos perdido velocidad en la circulación y la alegría del enjambre. Y tampoco somos el equipo directo que precisaría Diego Costa. En esa indefinición nos perdemos o nos encontramos, según sople el viento.

Nos fuimos al descanso sin goles y con una atosigante sensación de impotencia. Se nos notaba el miedo a empatar sin merecerlo, o a perder en el más dramático de los casos. Hemos visto cosas semejantes, pregunten por Marruecos.

La Selección entró mejor en la segunda mitad, como si hubiera repasado los conceptos básicos (somos-mejores-mucho), quizá animada por la estadística: 66 pases Irán, 366 España. Pudimos marcar en un par de melés y lo hicimos del modo más inesperado. Iniesta conectó con Diego Costa y un defensa intervino fatalmente antes de que el delantero terminara de acomodarse el balón. La explicación de cómo acabó la pelota a la portería es tan inverosímil como el recorrido de la bala mágica de Kennedy. Pero entró. Y lo que debió ser un respiro se transformó en un padecimiento.

Irán marcó en el minuto 61 y sus jugadores lo celebraron como quien gana la Copa del Mundo. Con tanto entusiasmo y algarabía que no se percataron de que el gol había sido anulado por el asistente primero y por el VAR después, fuera de juego. Esta es la crueldad por resolver del videoarbitraje. Se necesita una indemnización para el jugador que sube y baja del cielo como en una atracción de feria. Para los fotógrafos que disparan y para los desconocidos que se besan.

Nos salvó el VAR, pero anduvimos cerca de condenarnos nosotros. Y si al final no pedimos la hora con aspavientos fue por rubor, tanto habíamos denunciado sus pérdidas de tiempo. Otra señal de decoro es que nadie levantó los brazos con el pitido final. Mejor recoger los bártulos y volver a empezar. En todo Mundial hay partidos sin historia y este debería estar olvidado a la cuenta de tres: uno, dos…

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