Que a las primeras de cambio James Rodríguez tenga que abandonar el campo con cara de pocos amigos, es un pésima noticia para Colombia y para el fútbol. Colombia sufrió un síndrome parecido al que le vimos padecer ayer a Alemania: pasividad. Y eso que, nada más pisar el césped, Colombia sabia que tenía la obligación de ganar a Senegal si quería estar en octavos de final. Como todos sabemos, las obligaciones pesan, más aún si no estás acostumbrado a cargar con ellas en grandes citas. Enfrente, una Senegal que no se relajó a pesar de tener el casillero a su favor. Un equipo solidario, aunque poco efectivo, y que para desgracia de toda África, echó muchísimo de menos a Mané.

El Mundial nos está haciendo quitarle al polvo al transistor. O al Ipad, porque los tiempos han cambiado. Tampoco lo maneja ya el abuelo, sino nuestros hijos. Senegal y Colombia miraban de reojo lo que pasaba entre Polonia y Japón. Y si algo le debemos a las selecciones que han llegado eliminadas a la última jornada es que ni siquiera estando fuera han renunciado al orgullo. Polonia le marcaba a Japón, y toda la hinchada colombiana empujó a sus jugadores a hacer un pequeño esfuerzo para agradecer el gesto a los polacos.

El fútbol sigue siendo un estado de ánimo, a pesar de que muchos quieran cambiar las reglas ahora. La psicología es un arma. Colombia se tomó en serio el partido durante unos instantes para evitar males mayores, algo ha debido aprender de los acontecimientos que se han sucedido en las últimas horas. Marcaba Yerry Mina, hizo que lloviese café en Samara  y por suerte para Colombia, hay octavos en vez de plomo.

Colombia y Japón estarán en octavos y no podemos decir que no nos alegramos. Se nos va Senegal y un trozo del corazón. Tardaremos en recuperarnos del golpe que nos supondrá no ver a sus aficionados coloreando Rusia, un país demasiado alejado de todo lo que a ellos les hace tan especiales.

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