Según la teoría, la llegada de un Mundial debería ser un acontecimiento muy esperado para los aficionados al fútbol. En mi caso, que lo soy, no lo tengo tan claro. Llevo unos días en los que me debato entre lanzarme a tumba abierta o huir del epicentro. Sé que no soy el único. Si no me conecto a Matrix, me aíslo del ruido de fondo, y me centro en los datos objetivos, es obvio que la oportunidad de ver a los mejores jugadores del mundo defendiendo los colores de la bandera de su pasaporte resulta muy sugerente.

El problema es que es difícil cumplir con esas premisas. Si me siento a ver un partido amistoso de la Selección española, pongamos por ejemplo contra Suiza, lo normal es que acabe planteándome hacerme Rajneesh y largarme a una granja de Oregón a pegar tiros. Es abrir los oídos al mundo oficial y notar que no eres bienvenido. Si Odriozola hace un buen partido se destaca inmediatamente su “inminente” filiación madridista (a pesar de que desde los diez años sólo ha jugado en la Real Sociedad). Si Saúl sale al campo hay que dejar claro que lo hace con la “camiseta de Morata”. Si Piqué recibe el brazalete de capitán hay que fruncir el ceño y si Koke devuelve una pared hay que recordar en antena (lo juro) que se casó el mismo día en que el Real Madrid ganaba la Champions.

Así todo. Es agotador, pero no puedo dejarme llevar por los intereses particulares de nadie. No. No es justo ni es sano. Aunque sean ellos los que tienen el volante y el micrófono. Aunque yo formalmente no exista. Aunque sé que sería más cómodo enfocar el interés en otra cosa. El fútbol, aunque no lo parezca, es de todos y es mucho más poliédrico de lo que muchos quieren ver.

Volví a reparar en ello el pasado viernes. Escuchando una interesante charla en la que Simon Critchley presentaba su libro: “¿En qué pensamos cuando pensamos en fútbol?”. Allí disfruté mucho hablando de fútbol y sin que nadie dijese una sola palabra de mi propio equipo. Puede parecer una paradoja pero no lo es. En ese mismo foro, Santiago Segurola recalcó la conexión tan fuerte que el fútbol tiene con la infancia. En cómo conecta distintas generaciones a través de un mismo lenguaje que todos entendemos. En esa capacidad mágica que tiene para trasladarte a un limbo sentimental, generalmente feliz, en el que sigues siendo un tipo inocente. Fue entonces cuando me cayó la ficha, que dirían los argentinos.

Efectivamente. Eso es el Mundial de fútbol para mí. Un verano en un pueblo de Ávila jugando a la chapas sobre un campo de Subbuteo. Los amigos de la pandilla olvidábamos (temporalmente) nuestros colores, aparcábamos las riñas inútiles y de forma natural nos hacíamos todos del mismo equipo. Entonces no había discusiones estúpidas sobre rivalidades fabricadas in vitro y tampoco había que usar una especie de profiláctico para escuchar la información deportiva. Era tan evidente que todos éramos de la Selección Española, sin matices, que lo verdaderamente divertido era buscar la rivalidad decidiendo cuál de los otros equipos te hacía más tilín. Solíamos hacer un campeonato de chapas en paralelo y la gracia estaba en elegir un equipo que no fuese España (porque de ese ya éramos todos).

Había quien quería reproducir el legendario juego lucido de Brasil pero eso es algo que había que imaginar o fiarse de nuestros padres. Los que recordamos a Zico entre la difusa bruma de la niñez hemos visto una selección brasileña que no coincide con la que cuenta la leyenda. Otros eran más de Alemania y su fútbol fiable y pragmático. Esos tipos que no sonreían ni ganando y que se bajaban las medias como celebración por pasar a semifinales. Si Alemania estaba cogida, los de esa misma escuela solían tirar por selecciones vecinas de corte parecido. Polonia, Austria, Checoslovaquia… Solía haber pocos interesados en la órbita francesa pero siempre había alguno dispuesto a abrazar el fútbol altivo y seductor de los galos. Ese que se fue saturando de testosterona con los años. En ese radio de acción entraban también Bélgica y Suiza.

Había muchas peleas por elegir Argentina. Porque su colorido no tiene rival y porque la sombra de Maradona era muy alargada. En cualquier caso siempre aparecía un intelectual en ciernes que nos decía que tenía más sentido pedirse Uruguay. Un país que ninguno conocíamos pero que, por alguna razón, en los álbumes de cromos aparecía como dos veces campeón del mundo. ¿Seguro?

Reconozco que el frente comunista era una de mis opciones favoritas (Yugoslavia, URSS, Rumania, Bulgaria,…) pero tenía otras debilidades. Holanda, por ese fútbol cartesiano y total en el que destacaba uno de mis jugadores favoritos (Van Basten). Italia, casi siempre. Un país, un fútbol y una selección que me fascinaba. Esa forma de convivir siempre con la tragedia para normalmente acabar ganando. Esa manera de hacer elegante lo formalmente feo. Esa personalísima estética. Esa capacidad infinita para competir, que tanto envidiaba. También me gustaban los equipos británicos. Menos Inglaterra, siempre aparentando ser los mejores pero pocas veces siéndolo, más Escocia, mi favorita muchas veces. Pero lo realmente seductor era adentrarse en lo desconocido. Esa bandera tan chula. Esa camiseta tan original. Ese jugador diferente. Esas rivalidades imposibles. Zaire, Dinamarca, Honduras, Camerún, El Salvador, Irlanda del Norte, Eire…

Lo tengo claro. Nadie me va a quitar lo que es mío. Vuelvo a mi limbo. Vuelvo al calor, a los pantalones cortos y a mis chapas. Tengo que encontrar equipo. Me quedan pocos días.

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