Era ganar o ganar. O para casa. Ambos mostraron garra y entrega, pero, ¿dónde vas sin gol? Polonia pecó de eso; Lewandowski es un marciano, aunque no puede hacerlo todo solo. Colombia fue, poco a poco, quitándose el antifaz. Y tres zarpazos le bastaron para noquear. El café sigue creciendo; el vodka ha desaparecido del mercado.

García Márquez anunció la muerte de Colombia, pero al contrario de Santiago Nasar, la selección fue avisada a tiempo de que los polacos traían el cuchillo entre los dientes. Una vez frenado el intento de asesinato, los cafeteros cogieron el balón. Y a mandar. Quintero, que ha reeditado su buena actuación frente a los nipones, volvió a tomar la batuta. Secundado por Cuadrado le fue dando picante al partido.

El extremo diestro fue el primero en dar jaque a los polacos; Szcesny se percató y evitó perder a la dama. El tablero cada vez era más azul y los cafeteros tenían su estrategia lista. Cuando se unen la dama, la torre y el alfil (Quintero, Cuadrado y James), la jugada parece mortal. Sin embargo, fue un peón (Mina), con la ayuda del alfil, quien logró quitarle la dama a los polacos. Algo utópico. Pero real. Colombia se adelantaba.

El gol destapó a una Polonia que no se acordó del frío. Tenían que arriesgar. Pero cuando hay espacios, los suramericanos, con su torre, son mosquitos acudiendo a la luz. El rey polaco (Lewandowski) se encontró con Ospina y no pudo poner en jaque al rival. Las blancas seguían perdiendo. Y aún más cuando la dama tiene la capacidad de moverse por todo el tablero y dejar al rey de los cafeteros (Falcao) ejecutar el segundo jaque. Parecía acabada la partida, pero las blancas se negaban a rendirse.

Sólo le quedaba el rey a Polonia. El jaque mate, al llegar. Y llegó cuando la torre, con la colaboración del alfil, dejó sin reacción a las blancas. Las negras ganaban a blancas. Y soñaban. Dejaron atrás el miedo que les instauró García Márquez; contaron con la ventaja de que estaban avisados de que la muerte era una posibilidad.

El jueves, la siguiente partida para los cafeteros. Quizás, al comenzar el partido, no pensaban que podrían salir vencedores; más bien, lo contrario, vencidos. Pero voltearon la partida, porque plantearon el partido como una partida de ajedrez, alargándola lo suficiente. Y dándole pausa. Esa pausa que le faltó a ambos al principio.

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