Es la nación con más Copas del Mundo del planeta (1958, 1962, 1970, 1994 y 2002). Eso hace encogerse a cualquiera. Brasil es un equipo maravillosamente indisciplinado ante cualquier planteamiento táctico, pero algo ha cambiado. Vi en ellos una novedad que me sorprendió gratamente. Ya no solo son artistas porque el dedo de Dios les eligiese para embellecer este deporte con su ginga (movimiento característico de cintura y piernas de los jugadores brasileños), ahora también se han vuelto solidarios. La cara de los brasileños es tremenda. No es justo.

La Canarinha ha aprendido ponerse el mono de trabajo cuando la ocasión lo requiere y gran parte de culpa la tienen Paulinho y Casemiro. A todo esto, Marcelo jugó de líbero. Casi como en el Madrid, pero incluso con más libertad. Mientras Brasil se multiplicaba como los panes y los peces, Coutinho inauguraba el marcador con un gol que tiene derechos de autor. Los culés ya pueden dejar de acordarse de Iniesta y empezar a comprarse su camiseta. Suiza se temió el chaparrón, se hizo pequeño, fue un juguete roto en manos de un gigante al que le sobran los motivos para ser la favorita en este Mundial.

En la mitad de la primera parte, Brasil bajó la intensidad con el gol a favor, porque tampoco le hacía falta nada más para no sufrir, que mantener un ritmo al tran tran. Y Suiza no se tomó el gesto demasiado a pecho. Cuando Brasil tenía el balón, el peligro era inminente. Cuando lo tenía Suiza, era casi inexistente. Claro, cuando los brasileños volvieron al partido después de tomarse un respiro imaginándose sobre la arena de la playa de Copacabana, los suizos se dieron cuenta de que habían perdido una oportunidad de oro. Brasil fue hipnotizando a Suiza, la dejó grogui como si le hubiese echado algo en la bebida. Los cariocas se fueron al descanso sin romper a sudar. Un síntoma de que, además de buenos, son pillos (o demasiado osados) otro don. Es que lo suyo es avaricia.

La pereza también es pecado, y Brasil pagó su displicencia nada más empezar la segunda parte, cuando Suiza se encontró con el empate en un remate de Zuber tras un córner que los brasileños se tomaron a broma. La afrenta animó a Brasil, que apretó los dientes, elevó la presión y tuvo más ambición. Casemiro empezó a parecerse a una máquina de esas que lanza bolas de tenis sin parar. Traga y escupe, recupera y pasa a la velocidad de la luz. El centrocampista del Real Madrid es una pieza clave del equipo de Tite que pasa desapercibido porque lo hace todo bien. Sorprendentemente, el entrenador brasileño decidió que fuese el primer cambio cuando estaba siendo el mejor del partido. Casemiro es casi infalible, es más, me atrevería a decir, que es más alemán que brasileño.

Lo bueno para Brasil es que ya no depende únicamente de Neymar. Lo malo para él es que si no da un paso adelante, pierde mucho protagonismo. Y eso tampoco es bueno para el espectáculo. El partido entró en un estado comatoso impropio de un equipo consistente como Suiza, y de otro todopoderoso como Brasil. Entre la tristeza de Neymar, que contagió a sus compañeros como si tuviese la gripe, y los pocos recursos de Suiza, el empate empezaba a ser el resultado más justo teniendo en cuenta lo visto. Parece que Brasil confía de sobra en sus posibilidades y no forzó la máquina en los minutos finales a la espera de que se le encendiese la bombilla a alguna de sus estrellas. Y lo rozó. Pero esta vez, ser bueno sobre el papel no fue suficiente. Brasil quiere contarle a sus nietos una historia más larga y más gloriosa. Pero este no es el camino.

 

 

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