Primer apunte. Los equipos campeones se van cociendo durante los campeonatos, suele ser lo habitual. Nunca asoman como favoritos (Alemania y Brasil son caso aparte) y en el transcurso de los torneos descubren una fortaleza que no tenían contabilizada, que puede ser un jugador o una jugada, tal vez algo más difuso como un estado de ánimo o una comunión espiritual. De manera que nadie debería alarmarse porque las patatas estén duras o la ternera todavía mueva la cola, porque el guiso no está terminado. Lo contrario sería de preocupar. Si España estuviera ahora mismo a punto tendría verdaderos problemas para prolongar su momento dulce durante 40 días. Hasta aquí el párrafo del optimismo.

Dicho lo anterior, estamos lejos de ser lo que deseamos. Antes nos defendíamos con el balón y como el balón era prácticamente nuestro vivíamos razonablemente seguros. Ahora tenemos la posesión, pero hemos perdido el control el juego. Es como si hubiéramos olvidado que la posesión nos un fin, sino un acecho. La consecuencia es que nos roban más balones de los recomendados, y en cualquier zona del campo, y cuando tal cosa sucede carecemos de respuestas. Cada contragolpe que organiza el rival nos sorprende medio vestidos o medio desnudos y así corremos en el repliegue, ofreciendo una imagen poco decorosa. Evidentemente no es forma de transitar por la gran Rusia.

A Túnez tenemos que agradecerle que nos hiciera el inventario de nuestras debilidades, porque es preferible comenzar el Mundial con el ceño fruncido. Hablamos de un equipo que puede trastocar el orden natural del grupo que comparte con Inglaterra, Bélgica y Panamá. Son fuertes (mucho), tácticmente impecables y cuando tienen el cuartel limpio gustan de salir jugando. Nos agobiaron en la presión alta y en la defensa en campo propio. Por suerte, no son finos en el último pase y el gol tampoco es un asunto que tengan demasiado claro. De otro modo, hablarían alemán.

Fue Túnez quien tuvo las mejores ocasiones mientras España se consolaba con la pelota. En principio, dependemos demasiado de las ocurrencias de Iniesta, Isco y Silva, de los arrebatos de Odriozola. El juego es plano hasta que alguno de ellos salta un valla e inventa un pase. De esa mínima superioridad vivimos hasta que recordamos que nosotros tampoco tenemos una relación fluida con el gol. Rodrigo se movió bien por el frente de ataque y colaboró en lo que pudo con los movimientos ofensivos, casi siempre espesos. Pero hace falta más. Veneno, dientes, locura.

La sensación es que resulta muy fácil neutralizar el juego de España. Basta con vigilar a Iniesta y taponar la subida de los laterales. A partir de aquí, la Selección colabora en su propio enredo. Nos falta libreto, una base, un guion sobre el que improvisar. O quizá lo que echemos en falta sea la angustia, la activación que provoca sentirse en peligro.

Eso sí, cuando Lopetegui recurre a la unidad B el panorama es completamente distinto porque el equipo también lo es. Es un hecho comprobado que en el banquillo están nuestros jugadores más verticales y con ellos el fútbol se transforma en algo más caótico pero más apasionado. Ninguno de ellos se siente en deuda con el tiqui-taca; a todos y cada uno  les mueve el hambre de ganar lo que nunca ganaron. El gol de Iago Aspas es una señal que deberíamos atender porque aún estamos a tiempo. Es posible que nuestra fortaleza esté en esos otros futbolistas que hasta ahora habíamos imaginado como reemplazos o refrescos. Es altamente probable que tengamos que agarrarnos a Diego Costa. Él se inventó el gol prescindiendo de cualquier consideración estética. Él fue quien se lo entregó a Aspas para que el delantero del Celta nos demostrara qué es lo que le falta a este molino. Quién sabe si una victoria de mentira nos ha facilitado un descubrimiento de verdad. Cruzo los dedos.

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