Estaba muerto o lo parecía. Después de perder el segundo set por 1-6, Nadal se encontraba contra las cuerdas. Alexander Zverev, el tenista más prometedor del circuito, tercero del ranking con solo 21 años, dominaba por completo al rey de la tierra, metido en pista, pegando y pegando, absolutamente seguro de su victoria. Entonces, sucedió lo inesperado. Con 1-3 a favor del alemán y servicio de Rafa llegó el primer parón por lluvia. De vuelta, el español conservó su saque. Y se volvió a suspender el juego. Al regreso, Nadal rompió el servicio de su rival (3-3) y salió el sol. Radiante. El niño se derritió y el campeón volvió a hacer el milagro, el enésimo prodigio: ocho triunfos en Roma.

La final incluyó varios partidos, todos fabulosos. En el primero, Nadal perdió el juego inicial y ganó los seis siguientes. Zverev, ganador en Madrid, daba la impresión de estar intimidado. Le pesaban la leyenda y los antecedentes: cuatro enfrentamientos perdidos contra Rafa. Sin embargo, en el segundo set, el encuentro cambió por completo. No es fácil decir si el jefe se relajó o al aprendiz le movió la rabia; no es broma lo de este alemán con apellido ruso. Tiene talento y coraje. La prueba es que se metió en la pista y expulsó a Nadal, que jugaba casi sobre la grada de autoridades. No le dio tregua.

Y así comenzó el tercer set, sin esperanzas. Pido perdón: nos cuesta entender lo grande que es Nadal. No somos capaces de calcular el tamaño de la ola. No es solo su talento, sino su capacidad para cambiar el sentido del viento, para tener suerte cuando hace falta, para no rendirse nunca, aunque sea lo más lógico.

Cuando Rafa era un niño, creía que su Tío Toni tenía la capacidad de hacer llover. Esa broma le gastó Toni en un partido. Le dijo que estuviera tranquilo, que si hacía falta haría llover durante el partido. Y llovió. Ahora ya lo sabemos. El sobrino ha heredado sus poderes.

 

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