No hace mucho surgió un debate sobre la necesidad de incorporar un psicólogo en el organigrama de un equipo de fútbol. Incluso se hablaba de que, en una supuesta mesa de cuatro patas, al fútbol le faltaba una, la del psicólogo. Las otras tres eran el entrenador, el preparador físico y el médico.

En grandes clubes como el Real Madrid apareció un psicólogo que durante un tiempo determinado ocupó un espacio dentro de la preparación de los jugadores. Duró poco. Y aquí surge la pregunta: ¿es necesaria la presencia de un psicólogo como parte de la preparación de un futbolista? Cuesta creer que, en un mundo tan profesionalizado, con especialistas de todo tipo —preparadores físicos, entrenadores de porteros, readaptadores, cirujanos ortopédicos, analistas de imágenes…— no tenga un lugar privilegiado en el cuerpo técnico un experto que pueda influir en las sensaciones/percepciones, en la manera de pensar y en el comportamiento del jugador.

Por lo que parece seguiremos así por un tiempo indeterminado. Los grandes clubes con rutilantes estrellas están convencidos de que lo que funciona no hay que cambiarlo.

Intentaré desde mi experiencia explicar esta forma de pensar. La capacidad de influencia de un ser humano sobre no se aprende en los libros ni se reconoce con diplomas. Esa influencia sobre la mente del jugador para que sepa gestionar las dificultades propias de la competición (presión, angustia, euforia, decepción…) debe corresponder a alguien de una “pasta” especial. Ese alguien, a quien el jugador escuche y no oiga, debe ser el ENTRENADOR. El que en muchas ocasiones ejerce su capacidad de liderazgo con mano de hierro en guante de terciopelo. El que resuelve los problemas en la “trastienda” (vestuario) y da el protagonismo al jugador. Él es y debe ser el auténtico PSICÓLOGO.

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