Se descubrió en una charla entre los embajadores de Pelayo para el Mundial de Rusia: Carlos Marchena, Julen Guerrero, Manolo Sanchis, Rafael Gordillo y Lobo Carrasco. Los cinco conversaban sobres sus experiencias mundialistas y sobre el torneo que comenzará en breve. El rodaje se había dado por finalizado, pero las cámaras seguían grabando. Fue entonces cuando Carlos Marchena reveló algo que no había contado antes. El relato tiene lugar en Johannesburgo, la noche que nos proclamamos campeones del mundo, y el hecho pasó inadvertido entre la locura por el gol de Iniesta. Mientras sus compañeros se abrazaban junto a un córner, Marchena fue, probablemente, fue el único español que no se abrazó a nadie. Nos estaba protegiendo.

La razón es que la alegría, de repente, se le volvió terror. No está claro si fue un acto de responsabilidad o un arrebato de defensa bien cuajado. Quizá un ataque de pánico, o una vieja instrucción de Luis (tal vez Caparrós) o la incapacidad para aceptar tanta felicidad de golpe. El caso es que Marchena temió que los holandeses sacaran de centro aprovechando que todos los futbolistas de España se encontraban fuera del terreno de juego. Para evitarlo, abandonó el banquillo —había sido suplente— y se plantó en el mediocampo, tal y como se puede observar en la imagen (ese punto oscuro en el círculo central es nuestro ángel de la guarda). Allí esperó. Si no sacó la espada, al modo del Duque de Alba, es porque no resultó necesario. Cuando se deshizo el nudo de la alegría y los futbolistas de España regresaron a su mitad del campo, Marchena se apartó de la escena camino del banquillo, sin prisa, satisfecho por su heroicidad invisible.

Así fue y lo sabemos ahora, ocho años más tarde. Marcó Iniesta, pero nos cuidó Marchena. Si a algún intrépido holandés se le pasó por la cabeza sacar rápido, descartó la idea al descubrir al vigilante. Entre el miedo y la tensión, el guardián no debía tener cara de muchos amigos.

El 11 de julio de 2010, Iniesta nos subió al cielo a unos cuantos millones de españoles; da cierta tranquilidad saber que, de habernos precipitado, habríamos caído ordenadamente en los brazos de Marchena.

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