Vine al mundo tres años después que el rey Felipe VI, por lo que mi madre, alborozada, exclamó: “Ya tienen con quien casarlo”. Para ella, yo era la candidata perfecta, la destinada a suceder con todos los honores a la entonces reina Sofía.

Muchos lustros después, mi suspicaz madre seguía en sus trece: “Tú eras para el príncipe”, en lo que entiendo como un inequívoco mensaje de “mi niña vale mucho”. No se imagina ella cuánto agradezco que el destino tuviese otras intenciones para mí.

Cierto es que el heredero acabó desposándose con otra chica que, como yo, se formó como periodista en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense. Un año menor que la que suscribe, ambas coincidimos durante algunos años en esos pasillos grises de hormigón de lo que se rumoreaba había sido concebido como una cárcel y pasó a ser un centro universitario. “¿Ves? Periodista, como tú…”, me dijo mi madre al escuchar el anuncio del compromiso, como si el Príncipe de Asturias hubiera acudido al lugar correcto, pero a la persona equivocada.

En una inverosímil pirueta mental, lo recordaba ayer a propósito de la nueva lista de Lopetegui para el Mundial de Rusia.

Veintitrés futbolistas entre los miles que entrenan y se sacrifican por el fútbol no son demasiados. Y, sin embargo, y pese a que los números no pueden ser otros, ¿cuántos padres no han soñado y casi visualizado para sus hijos un futuro en la Selección Nacional o en un equipo de Primera?

Esforzarse, anhelar algo y perseguirlo es de alabar en una sociedad tan abúlica en ocasiones. El problema viene cuando somos los progenitores los que imponemos nuestras ilusiones a los más pequeños.

Y no solo ocurre en el fútbol. “Cuánto me gustaría que tocases el piano…”, “yo cuando era pequeña leía mucho, ¿por qué a ti no te gusta?”, “tienes que ir de campamento; yo a tu edad ya había ido a tres”, “a ver si juegas, o al menos te convocan, que vaya racha de calentar banquillo llevas…”.

Trasladamos demasiada presión a nuestros hijos. Como si nuestra existencia no fuese lo suficientemente rica o interesante, y tuviera que completarse a través de la suya.

De los cientos de miles de niños que hoy o en un futuro jugarán al fútbol o a cualquier otro deporte, solo unas pocas decenas llegarán a lo más alto. Y deberían saber que su meta está a mitad de camino. Que lo más posible es que no pasen de categorías inferiores, que lo previsible es que ningún seleccionador los llame.

No hay que ser siempre el mejor. No hay que figurar obligatoriamente entre los elegidos. No es necesario destacar en todo momento. La realidad es que hay muchos más sapos que príncipes.

Aceptar los límites de nuestros hijos, y quererlos con ellos, es un ejercicio que les debemos como padres.

Por estadística, hay grandes probabilidades de que ninguno de nuestros pequeños se vista con la camiseta nacional algún día. No pasa nada. Yo tampoco entré en el Gotha ni me mudé al Palacio de la Zarzuela.

Dejémosles disfrutar del deporte y de la vida a su escala, en su medida. Es lo que hago yo con la realeza: me empapo el “Hola” cada semana, mientras sonrío por seguir siendo, pese a los deseos de mi madre, una ciudadana más que corriente.

2 Comentarios

  1. Muy bueno terry… Los niños tienen que disfrutar con lo que hacen y los padres intentar que mejoren y por dentro desear que ganen.. Hay que inculcarles la superación pero no la desesperación por ser el primero… Sabemos que somos el río que lleva al barco ganador.. Entre nosotros saldrá y los demás lo acompañamos en el camino

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