¡La felicidad! Una de las grandes obsesiones del ser humano, sobre todo en estos tiempos modernos de meditación, yoga, coaching, equilibrio, yogures bio y superalimentos; en estos tiempos de Instagram, de filtración del día a día, de dar envidia al resto, de querer la vida del otro, de tener miedo a perderte muchos planazos. Joder, con lo fácil que era antes no enterarte de lo bien que le iba a tu vecino. Ni móviles, ni redes sociales, como mucho una traicionera invitación a cenar coronada con un pase no deseado de diapositivas de sus 4 días y 3 noches en Egipto.

La filosofía griega clásica debatió largo y tendido sobre la felicidad. Para algunos como Aristóteles, la misma llegaba al alcanzar las metas propias de un ser humano. Los estoicos la basaban en la autosuficiencia, el guisártelo y comértelo tú todito sin depender de nadie. Epicuro, que era un truhán, abogaba por darle alegría y placer al cuerpo y a la mente para alejar el sufrimiento y así ser feliz. Yo personalmente me inclino más por la teoría de Groucho Marx, que decía que la felicidad estaba en las pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, etc. 

Todo esto me vino a la cabeza cuando Álvaro Arbeloa, un tipo que me cae bien y un futbolista menos valorado de lo que debería por aquello del cono (la gente se queda siempre con lo malo, con el chascarrillo), publicó un tuit tras el pase del Madrid a la final de Kiev en el que decía que no entendía cómo aún quedaba gente que no era del equipo merengue, ya que era como renunciar voluntariamente a la felicidad.

Bueno, para empezar hay que decir que, como siempre, saltaron muchos a practicar el nuevo deporte nacional: ofenderse. Y la verdad, no veo ninguna ofensa por su parte. Ya se sabe, el que se enfada lo tiene fácil para superar dicha adversidad: desenfadarse. Pero, eso sí, su tuit me hizo darle vueltas a eso de la felicidad y el fútbol.

Claro, es que ser de un equipo grande (no sólo del Madrid), garantiza finales emocionantes, celebraciones de títulos, fichajes sonados, presencia de tu equipo en los medios y otorga esa especie de mirar al resto por encima del hombro. Curioso además, que muchos de esos que se adhieren a la felicidad facilona no son de Madrid, ni de Barcelona, sino de Badajoz, Lugo, Almería o Puertollano. Pero es que la felicidad continuada no mola tanto. Sufrir y padecer hace que después los pequeños logros sepan a verdadero gozo.

Pienso en cómo celebraron los jugadores del Levante la permanencia en Primera, las lágrimas de su presidente, la liberación de tensión acumulada, la tristeza de los malaguistas, de los coruñeses, de los chicos de Las Palmas. Una tristeza que solo significa que serían tan felices por seguir jugando con los mejores. Pienso en la felicidad latente anoche en el Metropolitano, pese a que la Europa League ya es un zapato que le queda pequeño por el paso del tiempo al Atleti. Pero, ¿y qué?.

Pienso en ciudades pequeñas que logran ascensos mayúsculos, padres e hijos que acuden cada domingo a campos sin calefacción ni techado, y que duermen con una sonrisa de oreja a oreja por haber ganado un derbi local, un derbi de provincia, de pueblo. Pienso en un amigo que logró ascender de Preferente a Tercera y se convirtió así en el hombre más feliz del mundo. Hasta que le dejó la novia un par de semanas después. Porque claro, no podemos basar nuestra felicidad en el fútbol, que, eso sí, sigue siendo lo más importante entre las cosas menos importantes.

Para mí por lo menos, y para muchos de vosotros sé que también. Seas del equipo que seas.

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