Las despedidas de Andrés Iniesta y Fernando Torres el pasado fin de semana fueron duras. Tristes. Para los que somos de su generación aún más. Ambos nacieron en el 84. Un servidor en el 86, y ellos cumplieron el sueño que todos los niños que jugábamos al fútbol teníamos a mediados de los años 90. Para nosotros, la época dorada del balompié. La última hornada de futbolistas sin neceseres. El último reducto antes de la llegada del fútbol moderno.

Recuerdo ver a Iniesta y Torres en el mítico torneo de Brunete que televisaba Canal +. Tenían un par de años más que yo y daba mucha envidia verles jugar contra las mejores canteras de España. ¡Salían en la tele! Ahora los chavales tienen el YouTube, con lo cual como que impresiona menos todo.

Ellos, al igual que todos nosotros, querían emular a Kiko, a Stoichkov o a Zamorano. A ambos les vimos crecer, llegar, convertirse en leyendas, marcar goles decisivos en Eurocopas y Mundiales y ahora, marcharse. En mi equipo de fútbol 7 también quieren que me retire. Pero esa es otra historia.

Recordarán, como toda nuestra generación, los campos de tierra antes de que todo, hasta el césped, se convirtiese en artificial. Recordarán los balones Mikasa, duros como el granito. Cada cabezazo servía de excusa luego en casa por si suspendías las mates. «Mamá, es que no sabes la de neuronas que perdí el sábado jugando contra el Carabanchel en La Mina». Un balón que cuando cogía barro e impactaba en tu muslo te dejaba un tatuaje rojo que podía durar más que muchas calcomanías de las que regalaban con las bolsas de Cheetos.

Por supuesto, se acordarán de ver las previas de algunos partidos antes de que los codificasen. Incluso de seguir viéndolos con los ojos entornados, para regocijo de los oftalmólogos infantiles. Una técnica, aquella, que un amigo mío, ejem, usaba para ver otro tipo de contenido codificado.

Si echan la vista atrás, Iniesta y Torres recordarán que no había tanto fútbol en la tele. Ni tantos partidos ni tantos informativos. Los goles, y poco más. Y no se hablaba del peinado de Laudrup, ni de la novia del Chapi Ferrer, si es que la tenía. Recordarán que había futbolistas con bigote antes de que el bigote fuese hipster. Ese Tato Abadía. Ese Andrei Zygmantovich, el Tractor Bielorruso del Racing. Otra cosa. Ahora los bigotes se llevan a lo Roque Mesa, estilosos pero menos varoniles.

También se acordarán Iniesta y Torres de los peinados a lo tazón. O los no peinados. Sí, había muchos jugadores que sencillamente no se peinaban. Mijatovic fue el precursor de la gomina, pero al menos jugaba con cadena de oro al cuello para justificar el look. El otro día vi un entrenamiento de los cadetes del Atleti. Todos iban peinados igual menos uno, un valiente, un romántico, que sencillamente tenía el pelo rizado como Teo cuando iba a la granja y a él plin. Los otros, idénticos, como rapado mal por los lados y lametazo de vaca hacia arriba. Muchos no se dan cuenta que tu cara tiene que pegar con tu pelo, y no.

Se acordarán el de Fuentealbilla y el de Fuenlabrada cuando las camisetas no llevaban nombre. El marketing era secundario. Había equipos que, ¡ay!, no cambiaban de modelito en dos años. Y las botas. Todas negras. Hasta que llegó Alfonso en el Betis y se las puso blancas. Luego Morientes las rojas, y claro, abrieron la Caja de Pandora y en estos momentos no existe calzado futbolero sin menos de 56 gamas de colorinchis.

Lo tuiteó hace poco el argentino Gustavo López: los niños ahora parece que juegan más por ser famosos que por ser futbolistas. ¿De quién es la culpa? De todos. O igual es que los normales son ellos, nosotros unos puretas y en unos años los chavales de ahora echarán pestes de los de dentro de 20 años. Va a ser que sí. Pero ya se sabe, la generación de uno es la mejor y punto. Y nosotros íbamos al cine con 100 pesetas y tal y cual.

Las despedidas de Andrés y Fernando duelen. Cumplieron el sueño de toda una generación. La generación que idolatraba a jugadores en cuyo neceser, si es que lo llevaban (de marca ACME y no Louis Vuitton) como mucho había un cortaúñas, un bote de colonia Álvarez Gómez y las chanclas, por aquello del pie de atleta, que si no…

Lo que ha cambiado el fútbol, y lo poco que cambiamos algunos.

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