Hoy es fácil ponerse una camiseta rojiblanca y lucir una sonrisa en la cara. Hoy es sencillo brindar por la victoria. Abrazarse en la plaza de Neptuno a gente que huele a felicidad y fe. Participar de una fiesta que parece como todas las demás fiestas pero que no lo es. No para mí. El Atleti no es una rosa cualquiera. Es la mía y eso la hace muy especial. Dice El Principito que el tiempo que pasaste con tu rosa es lo que la hizo tan importante. Tiene razón. Es ella a quien he regado. A quien abrigué bajo el globo. A quien protegí con la pantalla. Es la mía. No me vale otra.

Mi rosa son esos minutos de angustia cuando el Atleti se quedó con diez jugadores en el Emirates Stadium. Es esa decisión del TAS. Es ese grito de ánimo que sonó en boca de un remitente anónimo cuando el Olympique de Marsella acababa de fallar un gol cantado. Es esa puta columna de San Siro a la que miré cuando Juanfran lanzó el penalti. Es limpiar con un clínex los asientos sucios del Vicente Calderón. Es ese silencio punzante y espeso que se instaló en el corazón cuando el Qarabag nos echó de la Champions League. Es añorar tu casa viviendo en otra mejor. Es ese brindis improvisado junto a un aficionado del Fulham en una noche de Hamburgo. Son esos veranos eternos de rumores tóxicos y portadas vejatorias. Es ese bocadillo frío, a las tres de la tarde, en un secarral de San Blas. Es quedarse un domingo hasta la una de la mañana para ver los goles de tu equipo cuando estaba jugando en Segunda. Es que no te importe ir al estadio por el camino más largo si así puedes hacerlo acompañado de tu amigo. Es la cara de sueño de ese niño que fue al colegio con la camiseta del Atlético de Madrid el día después de Lisboa. Es hacerse catorce horas en coche para llegar a Lyon, sabiendo que la derrota es siempre una posibilidad. Es levantar la vista en una reunión rodeado de personas anónimas y saber que ese, el único que te mira con cara cómplice, es del Atleti. Es no poder encender la radio por las noches porque te has cansado de convivir con el desprecio. Es aguantar, con educación, que un imbécil con micrófono, que comparte patología con los escorpiones, no pueda evitar seguir preguntando por el futuro ni siquiera en el césped de Lyon. En esos segundos en los que el presente es todavía un lugar maravilloso.

Decía el Principito que no se puede llegar muy lejos caminando en línea recta. Quizá por eso lo mejor sea aferrarte a tu rosa, la tuya, y disfrutar del camino. Valorar los detalles. Que tu saco de la felicidad esté lleno mucho antes de que los jugadores levanten la Copa porque eso, levantar la Copa, sólo puede servir para reafirmar lo que ya eres. Nunca para definirte o para cambiarte. Porque en ese momento no vas a querer a tu rosa más o menos que antes. Porque en ese momento tu saco está ya lleno de cosas maravillosas. Tu equipo haciendo pasillo a esos franceses cariacontecidos a los que acabas de derrotar. El calor de un teléfono móvil, el tuyo, que no para de sonar como si hubieses sido el autor del 0-3. Las fotos de los aficionados desde una carretera de Toulouse. La llamada de tu padre que se mezcla con la de ese amigo al que hace siglos que no ves y que se acuerda de ti desde Buenos Aires. La sonrisa de un Fernando Torres que, habiéndolo ganado todo, acababa de ganar lo que más quería. Caminar de madrugada por Neptuno, simplemente para darle un abrazo a tu hermano. Ver un partido de fútbol rodeado de gente a la que quieres. El orgullo de la vieja guardia sosteniendo al equipo en el momento crítico. Juanfran, Godin, Koke, Gabi. Qué partido el de nuestro capitán. Qué tipo. Ninguno entendimos su presencia en el once inicial y todos acabamos rendidos a él. Qué jugador. Qué manera de ganar. Qué suerte tenemos de tenerlo. Cosas todas ellas que los vanidosos no entienden porque para los vanidosos, como decía el Principito, todos los demás somos solamente sus admiradores.

El Atleti vuelve a ser campeón de la Europa League y eso, se entienda o no, riega de felicidad a mucha gente. Es la guinda a una temporada extraña, larga y aparatosa. El broche a una aventura que comenzó muy mal y que, como casi siempre, ha terminado haciéndonos más fuertes. Puede ser el inicio de muchas cosas o el final de otras. No lo sabemos. Puede ser un punto de inflexión o un recuerdo fabuloso que quizá tengamos que rememorar en el futuro. No lo sé. ¿Qué más da? Decía el Principito que el que se enamoró de sus flores y no de sus raíces, no sabía qué hacer en otoño. No es nuestro caso. No puede serlo. No seamos ese pobre infeliz. Sigamos aferrados a nuestra raíz. Esa que está protegida bajo los focos. Sigamos regándola con nuestras lágrimas. Da igual si son de alegría o de tristeza.

Es probable que algún lector despistado, incitado por el título, esté sorprendido de que no haya hablado de Griezmann. Si es el caso permítame decirle que no se ha enterado de nada. No se apure. No es el único. Al fin y al cabo, como dice el Principito, lo esencial es invisible a los ojos.

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