Cuando Bale juegue en el Manchester United, destino más previsible, y cuando marque goles como los que le hizo al Celta habrá tantos suspiros en Madrid que se confundirán con el viento de la sierra. Lástima de amor que no llegó a serlo. Seamos sinceros: este romance nunca pasó de la expectativa que reservamos a las grandes historias, y cinco años de espera parecen ya bastantes. El jugador era y es formidable, y como el club no lo es menos (lo es más), se podía espera una conjunción perfecta. Nunca la hubo. Seguramente porque la sombra de Cristiano era y es demasiado alargada, y probablemente porque Bale es un británico introvertido (valga la redundancia) que se marchará sin hablar castellano en público, uno más en la lista de los talentos del Reino Unido que no triunfaron en Europa.

O tal vez la explicación sea más sencilla: Bale no hacía falta. Y es probable que siga sin ser necesario, y hasta podría ocurrir que el jugador lo supiera. Es posible que ahora, en la rampa de la salida y cuando las cosas importan menos, Bale se haya liberado de las expectativas propias y ajenas, de ahí esa forma de jugar, entre lo superior y lo disciplente, con un punto de soberbia, o tal vez con el orgullo herido.

Ya no importa, aunque pudiera importar. Un jugador así podría resultar de gran ayuda en Kiev, si es que Zidane le perdona ese abandono del final, más un ataque de rabia que de pereza.

En el fondo, el partido contra el Celta fue utilizado por varios jugadores como un casting para la final. Planteado en esos términos, Isco es otro que sale beneficiado, porque jugó como sabe y marcó el gol que le gusta, el mismo que buscaba Figo, esa rosca que entra por la escuadra y ajusta algo en el universo.

El golpeo de Isco fue excelente, desde luego, pero su gol no puede competir con el segundo de Bale, precedido de un regate largo, una especie de autopase, y después culminado por un chutazo que ignoró al portero.

El Celta entendió pronto que su papel era el del espumillón de las cajas de regalos. Y entonces dejó de ser rival para convertirse en testigo; les ocurre a algunos equipos, que acaban observando su propia defunción de una forma extracórporea, como si el humillado fuera otro; tal vez pensaran en su entrenador.

Achraf está fuera del casting de Kiev, pero aprovechó para reclamar su lugar en el mundo. Es cierto que debe ajustar sus últimos pases, pero tiene lo más difícil de aprender: es un generador de ocasiones de gol, con un físico inagotable y un fino sentido del desmarque. Su gol es un premio merecido, porque no se ha tenido paciencia con él (a diferencia de Theo) y, en bastantes ocasiones, se han hecho escorzos para evitar su titularidad. Les recuerdo que no ha cumplido los 20.

Cayeron los goles y el sexto se lo marcó el Celta para tener una participación, aunque forzada, en la fiesta. Lo que se entendió mal es que Unzue diera entrada a Iago Aspas con la media docena en el marcador. 

Así terminó el partido. Como una sesión de baño y masaje. Como una exhibición de poderío que no es cierta del todo, pero nada lo es, tampoco las sonrisas de Bale. 

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