El domingo me disponía escribir un artículo, pretendidamente sesudo (o ceñudo), con el título “Qué hacer con Cristiano Ronaldo”, en el que me preguntaba (o pensaba preguntarme) si se podía permitir, o si compensaba, el enfermizo egoísmo de un jugador capaz de aguar la fiesta del madridismo en un momento de celebración general. Quería exponer la cuestión y plantear si el club no debería amonestar públicamente al futbolista, o incluso plantearse el traspaso, aprovechando que la dignidad institucional se ve favorecida, en este caso, por la edad del implicado, 34 años el próximo febrero.

Pensaba escribir sobre lo anterior y ya tenía los dedos en posición de ataque (al teclado) cuando me detuve para observar el gesto de Cristiano en los festejos del equipo por Madrid. Fue entonces cuando descubrí, no sin cierto asombro, que
el quejoso futbolista que pocas horas atrás había sugerido su adiós, parecía feliz, sinceramente sonriente y reconfortado por la aclamación popular. Ante semejante visión comprendí que Cristiano es un niño que se enfada como los niños, se desenfada como ellos y sufre los mismos ataques de ego y de celos.

A partir de aquí, disiento de todos aquellos que consideran que su reivindicación estaba calculada. Apuesto a que no. Cristiano se sintió ofuscado por diferentes razones, todas infantiles. No fue protagonista del partido, Bale marcó los goles que imaginaba suyos y, además, perdió el título de mejor chilena de todos los tiempos. Por si fuera poco, un espontáneo saltó al campo y le impidió culminar su última ocasión de gol. Imaginen. Y, sobre todo, imagínense niños. De estar en edad infantil nos hubiera invadido una impotencia similar y habríamos reclamado la atención de cualquier modo y manera. Rompiendo a llorar, haciendo añicos un jarrón (Ming, preferiblemente) o agarrando el atillo. Como hizo Cristiano.

La reacción de sus compañeros me hace pensar que lo conocen bien. Nadie levantó una ceja. Al día siguiente, durante la fiesta por Madrid, se apresuraron a cantar “Cristiano, quédate” y a proclamarlo como “el mejor jugador del mundo”, un embuste paternal y cariñoso. Así desactivaron el intento de fuga.

Cristiano es inocente, pero su agente no tanto. Además de consuelo afectivo, Mendes pretende consuelo financiero y por tal motivó no apaciguó la reacción de su representado en Kiev. Esa actitud merece un reproche mayor. La subasta ya debería estar cerrada. El jugador, que tiene contrato hasta 2021 (habrá cumplido los 36), ha dado mucho y ha recibido en la misma medida, en términos deportivos y económicos. La relación es equitativa; el club y la estrella brillarían menos de no haberse conocido.

El otro juego, el de los morritos, se acepta porque los niños dan muchas alegrías. Pero hay un momento en que toca decir que no. Y no es malo, porque entonces crecen.

1 Comentario

  1. El que ha tenido un niño consentido sabe del problema. Y el problema ya es que ni se puede ir (nadie puede rentabilizar ni pagarle lo que pediría) ni el Madrid lo puede vender (igual motivo).
    Una verdadera pena por Bale (por éste si pagarán y lo rentabilizarán)
    Un saludo

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