El marcador final, seguramente muy pronosticado, fue sin embargo como escalar el Everest para el Real Madrid. Todo ocurrió en la segunda parte, excepto la lesión de Salah, que hizo un profundo daño táctico y anímico al Liverpool. Y esa incertidumbre de una primera parte sin goles, sin dominio del Madrid, incluso sin oportunidades muy claras más allá de un disparo de Cristiano, puso en duda muchas cosas. No obstante, el Madrid volvió a demostrar una virtud única, un capacidad excepcional para resistir, templar, no perder la cabeza, mantener las posiciones y la entereza. Por encima de pizarras, de esquemas o incluso de nombres propios, el equipo blanco salió del vestuario en el intermedio diciendo: «Aquí estamos y vamos a por ello». La tenacidad tuvo premio donde menos se esperaba, en el terrible primer error de Karius en el que pescó Benzema, pero para llegar a la cima había que empezar la escalada de alguna forma y fue de la menos prevista posible.

Al Madrid sin Bale le tocó vivir en suspense porque el Liverpool igualó pronto. Nada iba a ser tan fácil como los más optimistas anunciaban. Zidane tenía la palabra para reactivar a sus hombres, que no encontraron nunca la magia de Isco. Igualdad en la lucha, igualdad en manejo, también igualdad en las áreas… Había que dar un golpe de mando. Acertó Zidane ¡¡¡lo vio!! Frente a los comentarios generales en las ondas radiofónicas, la clave era mover a Isco y meter a Bale. Alguien tenía que poner una chispa en la pólvora, se precisaba un empujón para un equipo blanco cumplidor pero atrancado en su propia estructura, tan sólida y fiable como desgraciadamente plana.

Y entró Bale a la hora de juego. Zidane, iluminado. El galés resquebrajó al Liverpool. Abrió huecos, rompió el molde táctico del partido, quiso demostrar que no está en venta y lo hizo con el gol del año. No hay palabras para describir su tijeretazo a la red. Esta es el Madrid, el que sin darte cuenta te ha dejado en la cuneta. Klopp debía pensar que lo tenía atado, porque es verdad que más allá del cante de Karius, casi todo era perfecto en los movimientos sincronizados de los reds. Pero… apareció Bale y rompió el partido, mandó al carajo las previsiones tácticas y los miedos, el pressing, el manejo de balón y las estadísticas. El galés puso al Madrid en el carril de la decimotercera con un segundo gol estilo torpedo imparable ante el que Karius se volvió a arrugar.

Zidane tuvo estrella, definitivamente está hecho para dirigir a este Madrid imperfecto en juego pero arrollador en resultados. Su carisma contagia serenidad y ambición, el equipo volvió a creer en su entrenador, haciendo piña tras una primera parte en la que el objetivo estaba bajo negros nubarrones. La fe madridista, el valor del campeón, el entusiasmo de una plantilla forjada en la valores de toda la vida mantuvo en pie al campeón hasta el final, en la enésima demostración de que hay equipos construidos para jugar y ganar las finales. Es cuestión de personalidad e historia.

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