La serenidad de la Roma pilló por sorpresa al Liverpool y le puso una mordaza a Anfield, preparado más para una batalla cuerpo a cuerpo; un teatro dispuesto para la ocasión al que todos deseamos ir una vez en la vida. Dzeko bajaba meteoritos desde los cielos, mientras Salah esperaba su momento un poco más agazapado. La altura les delata. La Roma prefería jugar con la misma suavidad con la que se introduce un sobre por debajo de la puerta, pero pasada media hora, empezó a parecer perezoso, difuso, como un poco de mantequilla untada sobre demasiado pan.

Ante esa imagen mental, al Liverpool le entró un hambre voraz. Empujó a la Roma hacia su campo con más arrojo que despliegue de técnica, hasta que Salah marcó un tanto más bonito que el rostro de Cleopatra. Le pidió perdón a la afición visitante, aunque a mí me pareció un auténtico sacrilegio tener que disculparse por semejante obra de arte. Con su segundo gol, Salah se convirtió en la última reina del Antiguo Egipto seduciendo a varios emperadores europeos que ya desean pasarle la mano por los rizos en un gesto paternal. Aunque haya que pagar la cuenta. Firmino, por cierto, fue un felino en su regazo que se balanceó con delicadeza por donde quiso y propició el paseo triunfal del egipcio.


A partir de entonces, la tormenta perfecta. Y se me vino a la mente el siguiente diálogo de Holly ante Paul en Desayuno con diamantes:

– «Escuche, ¿sabe cuándo uno pasa por los días rojos?
– ¿Los días rojos? ¿Quiere decir deprimidos?
– No. Te deprimes cuando engordas o cuando llueve mucho. Te pones triste, eso es todo. Los días rojos son horribles. De repente, uno tiene miedo y no sabe por qué».

La Roma tuvo uno de esos días rojos y se lamentó incluso antes de que terminasen los 90 minutos. El Liverpool lo empapó todo con el color de su sangre y la Roma pasó de la tristeza a la desesperación. Tuvo miedo. Y qué rabia debió de darle a los dioses que les mandaron dos goles caídos del cielo con los que los giallorossi regresaron de la muerte (5-2).

Con el recuerdo de la hazaña ante el Barcelona fresco en la memoria, la Roma echó agua en la herida a la espera de otro milagro. Ya saben lo que dicen, Roma es eterna, y si algo está demostrando en esta Champions, es que tiene más vidas que un gato. En una semana comprobaremos si el Liverpool corrobora el segundo gran incendio de la historia de la ciudad o si la Roma alcanzará el Olimpo. Quién lo hubiese dicho hace unas líneas.

 

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