Si usted, gran aficionado al “deporte”, se topase con una foto de David Ortiz sin saber quién es, jamás pensaría que se trata de un deportista de élite. Puede que incluso le entraran ganas de soltar una carcajada si alguien se lo insinuara. Estaría cometiendo un grave error. Puede que un dominicano de casi dos metros, piel oscura, tripita incipiente y evidente complexión gruesa no parezca el prototipo de atleta que se maneja por estos lares, pero les aseguro que en Boston no piensan lo mismo. Puede que Big Papi no parezca un animal de gimnasio pero resulta que era capaz de reventar cualquier pelota que le tirasen con un bate en la mano. Algo que desde la soberbia del ignorante puede parecer muy fácil pero que no lo es. Muy poca gente es capaz de hacer 541 jonrones en su carrera y por eso David Ortiz fue uno de los deportistas profesionales mejor pagados del mundo, una leyenda del Béisbol y un auténtico ídolo en Fenway Park, el mítico estadio de los Red Soxs.

Sé que hay gente que seguirá sin aceptarlo. Que en lugar de escuchar o acercarse al lejano mundo del béisbol para intentar comprender por qué un tipo sin tríceps hercúleos puede ser considerado un gran deportista, decidirá mostrar una sonrisa sarcástica a modo de desprecio. Lo sé porque lo he vivido. Lo estamos viviendo. Convertido el mundo del “deporte” en un universo mediático en el que todo lo que sea ajeno al fútbol (al Real Madrid o al Barça, concretamente) carece absolutamente de interés, lo desconocido, incluso dentro del propio fútbol, tiende a despreciarse o a ser interpretado con el único idioma ya conocido. Algo así como tratar de medir la distancia en litros.

¿Por qué les cuento esto? Pues porque creo que es una tendencia peligrosa en nuestro entorno. Es lo que está ocurriendo en una gran parte de los medios de comunicación pero es también lo que le está pasando al común de los mortales. Desconozco si fue primero el huevo o la gallina.

Todo lo que no se conoce no interesa. No es. Todo lo que no sea Real Madrid o Barça (o, en menor escala, lo mío) no merece análisis. Si tengo que analizarlo, por aquello de aparentar cordura, lo haré siempre con mi camiseta y los mismos argumentos que ya me valen a mí. Todo será además negro o blanco. Conmigo o contra mí. Todo es extremo porque lo extremo se entiende mucho mejor y además genera más público. No hay matices porque los matices complican la vida y facilitan el consenso. No hay diversidad ni integración porque eso sería como colocarnos frente al espejo. Existe una única forma de entender el “fútbol” y es la mía. El que no lo vea así que se monte un blog clandestino.

Pero los modos se contagian al otro lado también. Desde allí empezamos a ver la realidad de la misma forma. Con un color que creemos alternativo pero que empieza a estar impregnado de la misma soberbia. Como un tablero algo más pequeño pero igual de simple. Uno en el que también pretendemos colocar una línea que separe buenos y malos. Una realidad en la que todo lo que no es mío no es importante. Asimilamos las mismas reglas pero creyéndonos que son distintas.

Me consta que existen colegios en los que la práctica del fútbol está suponiendo un problema. Provoca brotes de intolerancia, comportamientos excluyentes, actitudes individualistas y hasta conflictos de género. No lo entiendo, porque el fútbol es un deporte maravilloso que, como cualquier otro deporte, no lleva implícito nada de eso. ¿De dónde vendrá? Si echo una vista al entorno empiezo a tenerlo algo más claro. Los niños son ahora más de jugadores que de equipos. Todos llevan la misma camiseta. Es como si el fútbol fuese una disciplina individual con señores feudales y siervos de gleba. Es más importante el peinado que la humildad. Son los mismos niños que ven a sus padres pelearse en la banda o que les escuchan berrear a su propio entrenador por sacar demasiado tiempo a “los malos”.

Son los niños que comen fútbol radiotelevisado, ese en el que todo lo que no sea ganar es un rotundo fracaso. En el que la derrota es siempre un imperdonable error propio y nunca un acierto ajeno. En el que uno siempre es mejor cuanto más tiene. En el que el mundo empieza y acaba siempre en el mismo color. El mío. En la que cualquier realidad se entiende siempre desde el lugar del poderoso. En el que hay que limpiar, borrar o ignorar al que pierde. Que no se juega contra rivales sino que se pelea contra enemigos. Que las muestras de superioridad, humillación o soberbia no sólo son lícitas sino que valen para vender camisetas.

¿Quién tiene la culpa? ¿Quién tiene la solución? ¿Quién es David Ortiz? ¿A quién le importa?

El drama de los problemas que son de todos es que acaban por no ser de nadie.

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