Abel Caballero, alcalde de Vigo, y Carlos Mouriño, presidente del Celta, protagonizan desde hace casi dos años un conflicto de lo más fogoso, a la par que sonrojante y deshonroso para el club y la ciudad que representan, aunque ellos sigan empeñados en sus trece. En esta lucha de poderes, que, en un principio, se intuía de raíz deportiva y que, con el paso del tiempo, ha derivado en una pelea política con evidenciados intereses económicos, solo hay un vencido: el aficionado celeste que solo quiere alentar a su equipo, que lo quiere ver triunfar, alcanzar cotas más altas. El último capítulo, bochornoso, aunque seguramente no el último, se vivió en la noche del martes en Balaídos. El respeto que se respiró entre adversarios en el césped no tuvo nada que ver con el aire cargado y tenso que se jadeaba en el palco de autoridades.

En este juego de Quién es quién todas las cartas están destapadas y no hay ningún personaje misterioso. La relación entre el señor alcalde y el presidente del Celta era, hasta no hace demasiado, cordial, respetuosa y diría que hasta amistosa. Este ambiente turbio comenzó a gestarse el 18 de octubre de 2016, cuando Mouriño hizo oficial su intención de comprar el estadio municipal de Balaídos, que entonces ya estaba inmerso en un manantial de obras que todavía hoy parece La historia interminable. Una operación con un precedente: el Celta compró el estadio en julio de 1945, aunque solo duró diez años en su propiedad (así lo establecía el convenio con el ayuntamiento). El club pagó 856.000 pesetas de la época. Por tanto, aunque no reciente pero sí históricamente, la compra sería un ejercicio con jurisprudencia. Evidentemente, la administración local no accedió.

Todo eso desencadenó un rifirrafe de advertencias y ultimátums. Hablando en plata: si el señor Caballero no vendía Balaídos, Mouriño se iría a otra parte con el club debajo del brazo (aparentemente, también hubo una oferta muy jugosa de unos inversores chinos que nunca prosperó). ¿Por qué quiere comprar Mouriño el estadio? Para aumentar así el patrimonio del Celta y, de ese modo, sacar mayor proyecho de una futura venta del club (cabe recordar que el multimillonario presidente acaba de cumplir 75 años) ¿Por qué no quiere venderlo Abel Caballero? Precisamente por lo mismo, porque es un activo que ha pertenecido desde siempre a la ciudad. La discusión comenzaba entonces a alcanzar un tono estúpido, aunque todo aquello, mirado con perspectiva, acercaba a ambas partes a un entendimiento en beneficio mutuo.

Las negociaciones, después de un prolongado y frío invierno que duró más de lo previsto, parecieron llegar a buen puerto (y nunca mejor dicho), cuando en un acto institucional, celebrado el pasado mes de diciembre, se juntaron Mouriño, Caballero y Alberto Núñez Feijóo, presidente de la Xunta de Galicia, para escenificar un acuerdo por la concesión temporal de 50 años de Balaídos (por la que el club tendría que pagar un canon de 880.000 euros al año, es decir, 40 millones en total) y la posterior construcción de una nueva ciudad deportiva en Mos (municipio colindante a la ciudad de Vigo). El presidente del Celta llegó a decir de ese día que era “el más importante de estos 94 años de historia”. Aquel acto de conciliación semejaba el final del culebrón. Pero no, poco duraron la alegría y los respectivos brindis.

Todo estaba planeado para que la puesta en marcha de dicha concesión y las obras de las nuevas instalaciones deportivas se firmasen hace unas semanas, en marzo, pero Caballero, el alcalde, en un último instante de réplica, volvió a decir que no, que no estaba de acuerdo con la explotación comercial que pretendía Mouriño en el nuevo emplazamiento. Dijo no al centro comercial que Mouriño idea construir en Mos. Así que, llegados a este instante, volvemos al punto de partida: el uno por el otro y la casa sin barrer, solo que las relaciones ahora están todavía peor que al principio. El martes en Balaídos, Mouriño plantó a Caballero en el palco y no ocupó su asiento habitual junto al regidor, y así lo seguirá haciendo hasta que todo este embrollo se resuelva. La respuesta de Caballero ha sido contundente: “Seguiré yendo al palco, estaré en el próximo y en todos los partidos. Dentro de 10 años seguiré siendo alcalde, ocupando el palco y apoyando al Celta. Al palco se va a apoyar al Celta, y los que crean que van a otra cosa se equivocan”.

Abel Caballero y Carlos Mouriño protagonizan El bueno, el feo y el malo, de Sergio Leone. Solo que en este remake de poca monta interpretan a los tres protagonistas por partida doble. En este conflicto, un western de época ha acabado por convertirse en una telenovela mexicana barata, de poco presupuesto, programada a primera hora de la tarde y que ya acumula cientos de capítulos. Está ahí para echar la siesta. Porque la trama, tan enredada y previsible, ya aburre.  Solo les queda enfundar la pistola o soltar un guantazo.

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