De todos los protagonistas, sólo Pepe Reina hubiera sido más improbable. A segundos del minuto 90 apareció, volando por los aires, como si su vida dependiera de ese cabezazo —y posiblemente sí que dependía de ese cabezazo— Kalidou Koulibaly, un senegalés de casi dos metros que hace un par de años domina a los delanteros italianos como si fueran sus menores. Kalidou, como impulsado por las miles de almas napolitanas que buscan el scudetto desde tiempos maradonianos, clavó la pelota en la escuadra inferior derecha de Gianluigi Buffon. Podría decirse que el Allianz Stadium de Turín enmudeció, pero no sería correcto: los pocos miles de napolitanos destrozaron el silencio norteño con una mezcla de rabia e ilusión.

Han pasado 28 años desde que el Napoli no gana la serie A, una eternidad para una ciudad que vive el fútbol con más pasión que la gran mayoría. Los últimos años no han sido tristes para el equipo, que bajo el mando del productor de cine Aurelio de Laurentiis ha encontrado cierta estabilidad en la élite del fútbol italiano. Pero no ha logrado imponerse a la todopoderosa Juventus, con sus millones, sus galones y su tradición. Hoy se encuentra a un punto, a falta de doce, y el batacazo del domingo servirá como un empujón anímico inconmensurable.

Gran parte del mérito lo tiene el técnico Maurizio Sarri, un ex banquero que renunció a las comodidades de su vida ejecutiva para dedicarse a su pasión, el fútbol. Ciento cincuenta mil cigarros después —Sarri fuma en el túnel de los vestidores porque está prohibido hacerlo en el campo—, el italiano es uno de los entrenadores mejor valorados en Europa. Sus equipos son dinámicos como los de Klopp, pero tienen el respeto por la salida a ras de piso de los de Guardiola. La combinación suena demasiado atractiva para ser cierta, pero no andamos tan lejos.

El Napoli es un equipo que, como con Maradona, se ha construido en estas últimas décadas alrededor de figuras icónicas. En estos tiempos, el líder espiritual del equipo es Marek Hamsik, el eslovaco que ya se ha convertido en el goleador histórico del club y cuya camiseta es la que compran los niños napolitanos. Detrás de él, sólo por un pelo, está Lorenzo Insigne, nacido en Nápoles y ya segundo capitán. Insigne es, junto a Mertens, la figura del Napoli, y, futbolísticamente, el líder de los partenopei.

En principio, el Napoli tiene el calendario más favorable de aquí a la última jornada. El próximo fin de semana la Juventus visitará al Inter en una edición particularmente caliente del clásico italiano, mientras que los de celeste viajarán a Florencia, un destino complicado pero bastante más amigable que San Siro. En la penúltima fecha, la Juve tendrá que visitar a la Roma, mientras que el Napoli se enfrentará a equipos de la parte baja de la tabla. El punto que los separa no parece imposible de remontar, pero si a alguien hay que temerle en Italia es al fantasma de la Juve, con sus todopoderosos mandamases, sus árbitros y sus FIAT de última generación.

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